Kenneth Strickfaden, el genio de las chispas y los rayos en Hollywood. O “de los aparatos eléctricos de Frankenstein y Fu Manchú”.

Boris Karloff y Myrna Loy en “La Máscara de Fu Manchú”, (“The Mask of Fu Manchu”), (MGM 1932). Impresionante aparataje realizado por el mago eléctrico Kenneth Strickfadden, quien contribuyó al extravagante laboratorio en la original y exitosa película “Frankenstein”.

Las películas de terror de los ’30s y ’40s hubieran sido muy diferentes si no hubiera sido por el trabajo de un hombre, Kenneth Strickfaden (nacido en 1896), cuyos equipos de chispas eléctricas fueron destaque en muchas películas que representaban una concepción científica de avanzada. Originalmente su trabajo de electricista era meramente un hobby, pero ya a principios de los años 1920s, Hollywood vislumbró lo prometedor de sus infernales y deslumbrantes máquinas, y trabajó intensamente en muchos estudios en La Meca del cine, aportando toda clase de sorprendentes efectos.

Kenneth Strickfaden era el técnico que diseñó los asombrosos efectos eléctricos de la película de 1931 Frankenstein de James Whale. Trabajó en más de 100 películas como “La máscara de Fumanchú” o en la serie de TV, “La familia Monster”.  Fecha de nacimiento: 1896, Montana, Estados Unidos Fecha de la muerte: 1984. (Fuente: Wikipedia). Crédito de la foto.

Su trabajo no fue sencillo. “Los aparatos fallaban constantemente debido al sobrecalentamiento”, alguna vez reveló Strickfadden al escritor Scott MacQueen. “Muchos efectos no quedaban fotografiados como se esperaba, o tuvieron que ser eliminados debido a fallas eléctricas”. 1

A pesar de estos desperfectos, los resultados en la pantalla  fueron fenomenales, y -por mucho- más convincentes que cualquier otra técnica simulada.

Strickfaden utilizó muchas de las invenciones de Nikola Tesla, que habían sido perfeccionadas más de treinta años antes de la primera película de “Frankenstein”, a cargo de Universal Studios.

Tablero de mando para los efectos especiales creados por Kenneth Strickfaden para sus efectos eléctricos; utilizados en las películas “Frankenstein” y “La Novia de Frankenstein”. Es el control maestro que utilizó para controlar las diferentes piezas eléctricas, desde 1930 hasta su retiro. El tablero está cubierto por multiples llaves del tipo “de cuchilla”,  y dos controles para generar los rayos. Mide 1,5m x 0,66m x 0,60m, y está montado en un marco de acero. Fue construido en 1929 y utilizado en virtualmente todos los filmes en los que Strickfaden colaboró con los efectos especiales, incluyendo “Just Imagine” (1930), Frankenstein” (1931), The Mask of Fu Manchu” (1932), “The Bride of Frankenstein” (1935), “Flash Gordon” (1936), “Son of Frankenstein” (1939), y otras tantas. Este tablero de mando apareció en la pantalla de TV, en la serie “The Munsters”, más concretamente en el episodio de la segunda temporada, “Just Another Pretty Face” (1965). Fue rematado por USD 8.000 en EE.UU. en diciembre de 2011. (Fuente).

A diferencia de Tesla, Strickfadden estaba interesado en el aspecto teatral de sus novedosas y vistosas concepciones, que debían representar futuristas y capaces de representar maravillas inéditas.

Los nombres con los que bautizó a sus engendros eran a menudo maravillosos, como: “el cargador de onda retrogresivo”,“Acumulador DXL” y el “Pirogeiser de Alto Amperaje”2

Cuando a fines de los 1940s, las maravillas científico-técnicas en la vida real eran ya mucho menos llamativas para el público, las máquinas eléctricas de Strickfadden perdieron novedad, su trabajo se convirtió en fuera de moda y Hollywood utilizó en menor medida estos recursos, aunque hacia los ’60s, con el establecimiento de las series de TV recuperó su papel. En efecto, sus trucos fueron utilizados ampliamente en la serie “Los Monsters”  y también, en avisos comerciales.

Antes de su muerte, acaecida en 1984, 3 invirtió mucho de su tiempo y esfuerzo haciendo en giras en su país,  los EE.UU., con un espectáculo denominado “Show Científico Kenstric de la Era Espacial”, (“Kenstric Space Age Science Show”), que consistía en exhibiciones, al mismo tiempo espectaculares y educativas, con demostraciones de los fenómenos eléctricos que supo aprovechar con sus inventos. 4

“La Novia de Frankenstein”, (“The Bride of Frankenstein”) (1935).

Algunos destaques  de la carrera de Strickfadden incluyen:

  • “Frankenstein” (1931). Su equipo trajo al monstruo a la vida.
  • “La Máscara de Fu Manchú”, (“The Mask of Fu Manchu”)  (1932). Creó el “rayo eléctrico de la muerte” y dobló al personaje de Karloff, quien a su vez interpretaba a  Fu, en la secuencia en la que el malvado genio hace una danza de rayos muy vistosa desde sus largas uñas.
  • “La Novia de Frankenstein”, (“The Bride of Frankenstein”) (1935).  Desplegó sus efectos eléctricos para la secuencia de creación  de la “Novia”.
  • “El Mago de Oz”, (“The Wizard of Oz”) (1939), Creó el efecto de la Bruja Malvada del Oeste, cuando trata de quitarle las sandalias a Dorothy, momento en el que recibe un choque eléctrico.
  • “La Legión Heroica”, (“Fighting Devil Dogs”) (circa 1941). Strickfadden hace el efecto de rayos usados como proyectiles.
  • “Desafiando a la Muerte”,  (“Sherlock Holmes Faces Death”) (1943). Simula un muy realista y espectacular rayo.
  • “El Joven Frankenstein” (“Young Frankenstein”) (1974). Recrea muchos de sus mejores trabajos de efectos utilizados en su larga carrera.

Fuentes:

  • “Mad Scientists and the Movies, how mad scientists were given the “spark” of genius”. A brief look at the career of Kenneth Strickfaden”. (Enlace).
  • Wikipedia.
  • “The Midnight Rant”, blog oficial del autor Waylon Piercy.

Traducción y adaptación, Horacio Nigro Geolkiewsky, LGdS.

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Tarjeta de San Valentín. Dos niños comunicando por Radio, (1924).

Los niños, en esta tarjeta de San Valentín, están comunicando sus mensajes de amor por medio de un trasmisor y un receptor de radio primitivo.

Cuando se tira de la pestaña ubicada a la izquierda, que está mecánicamente articulada, se mueven también los brazos y cabezas troqueladas.

La parte posterior tiene una inscripción que reza, “To Dear Dorothy Valentine Greetings from Aunt Josephine February 14, 1924″.

Foto cortesía del usuario “Beverly” en Flickr, con autorización expresa.

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Abanico de cartón promocional de Radiola, RCA. (1920s).

Estos abanicos de cartón eran obsequiados a los clientes por los agentes distribuidores de los receptores de la marca Radiola comercializados por la RCA.

Este souvenir promocional data de la década de 1920.

Sus medidas: 20 cm de ancho x 10 cm de alto, aproximadamente.

Cliquea en la foto para abrir una nueva ventana en el navegador con la imagen a mayor tamaño y apreciarla con más detalle.

Foto:  Joe Haupt, St. Paul, Minnesota, EE.UU.  en Flickr.

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Trasmisor de CX152, ex Radio Cerro Largo, hoy Radio Acuarela, Melo, Cerro Largo, Uruguay.

Radio Acuarela es una emisora de radio de AM de la ciudad de Melo, Cerro Largo, Uruguay, que transmite en la frecuencia 1520 KHz, con la característica CX 152, propiedad del periodista Juan José Palacio.

Esta emisora, fue fundada el 11 de diciembre del año 1959, con el nombre de CX 152 Radio Cerro Largo.

Un grupo de comunicadores, técnicos y funcionarios, decidieron construir un transmisor que fue puesto en funcionamiento por don Enrique Mariño, quien fuera últimamente propietario de Radio Vichadero y Emisora de la Cumbre en el departamento de Rivera.

Transmisor de AM, de Radio Cerro Largo, construido por el radioaficionado y radiotécnico  Luis Alberto Silva, CX1VD, en la década del 50, todavía en pleno funcionamiento hoy en Radio Acuarela de Melo. 3 válvulas T33 en RF por 2 T33 en modulación. (Foto cortesía: José María Techera).

Radio Cerro Largo, fue creada como una radio dedicada a los deportes, manteniendo en la actualidad su carácter de la radio del fútbol y del ciclismo.

Carta QSL de CX152, Radio Cerro Largo, verificando recepción en Suecia por el DXista Henrik Nilsson. 1961. (Cortesía Henrik Klemetz, Suecia).

La emisora tuvo su local físico en varios edificios de Melo.

audioicon CX152 Radio Cerro Largo, 1520 kHz, captada en Montevideo, 1997.  Jingle del cierre de trasmisión con Identificación. (Archivo Horacio Nigro Geolkiewsky, LGdS).

 

El 11 de diciembre de 1997, Radio Cerro Largo, con el periodista Juan José Palacio al frente, se transforma en Acuarela 1520.

Sigue emitiendo en la misma frecuencia, pero se traslada de local, pasando a su actual ubicación en calle 18 de Julio y José Pedro Varela.

Acuarela, fue creada con la finalidad de informar y hacer pensar y razonar a la gente. Acuarela reúne todos los colores, que viene a significar todas las voces, todos los partidos, toda la música, toda la información. ¹

Segun datos históricos de URSEC:

23/12/58.- RESOLUCION 22.856.- Se adjudica al Sr. Enrique Oribe Coronel a instalar y poner en funcionamiento una radiodifusora en la Ciudad de Melo, que operará en la frecuencia. de 1.520 Kc/s. con una potencia de 250 watts.-
 
23/03/60.-Se otorga Licencia de funcionamiento.- (Pot. 250 watts).-
 
13/12/60.- RESOLUCION 27.712.- Se autoriza un aumento de potencia a 2 Kw.-
20/07/62.- Se otorga Licencia de funcionamiento.-
 
3)-Aut. al Sr. Mario Barrios Viana el uso de la frecuencia. 1. 520 Kc/s. en la ciudad de Melo con una potencia de 2 Kw.-
….
03/02/98.- RESOLUCION 027-98.- 1)- Autorízase el cambio de denominación de CX-152 “Radio Cerro Largo” por el de CX-152 “Acuarela”
.-
2)-Autorízase el cambio de domicilio de la emisora de referencia a la calle
José Pedro Varela Nro. 750 de la ciudad de Melo, Depto. de Cerro Largo.-
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Lectura complementaria:

Aquí se menciona que “En el año 1930 nace en forma un tanto efímera la primera emisora, C 43 Radio Electra en 1.430 kilociclos bajo la dirección de José Pedro Ganzo Duque un soñador en todos los aspectos de la electrónica”.

Agradecimiento:

José María Techera, CX3VB, Melo, Cerro Largo, Uruguay.

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Póster: Exposition International d’Electricité, Marsella, 1908.

Exposition International d’Electricité.
Arte por David Dellepiane. 1908.

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Ing. Walter Sapelli, in memoriam (1933-2014).

Don Walter Sapelli Perrone, hijo de don Claudio Sapelli y Juanita Perrone, nació en Montevideo, Uruguay, el 12 de agosto de 1933,  y falleció en esta capital, el 7 de julio de 2014.

Fue Ingeniero en Electrónica, graduado en 1957,  en el Indiana Institute of Technology, y  dirigió los laboratorios de investigación y diseño, así como la parte industrial de Casa Sapelli desde 1959, junto a su hermano Nelson Claudio, quien abrazó la carrera de contador público y que falleciera en 2004.

En carta personal al autor de este blog, Don Walter escribía en noviembre de 2012:

quoteLeftBebí, desde niño y a diario, la historia de la Radio, directamente de Don Claudio, mi padre, y fui colaborador y protagonista en algunos de los hitos que la conforman”.

audioiconIngeniero Walter Sapelli. Breve descripción de los receptores a galena en los años 20.

 

Claudio SapelliRefiriendose a la obra de su progenitor, el pionero Claudio Sapelli, Don Walter decía:

quoteLeftConsidero que no se ha sido justo, hasta ahora, porque se ha ignorado la importancia de los hechos, en todo contexto, que deberían ser orgullo nacional, por los logros obtenidos por Don Claudio en el campo de la investigación, creación, y propulsión de realizaciones inéditas que colocaron a nuestro país, en varias disciplinas, al más alto nivel técnico e innovador en el mundo”

quoteLeftDejando de lado falsas modestias, con la objetividad y de algún modo autoridad que me dan los años, con el íntimo conocimiento del origen, difícil niñez y adolescencia de mi padre, sus logros, espíritu de sacrificio, tenacidad, imaginación, capacidad de investigación y concreción de sus sueños; sus logros en el nacimiento y desarrollo de la radiotelefonía y muchos más no relacionados directamente con ella; su intuición casi milagrosa en lo técnico, lo comercial y lo industrial, que lo mantuvo de por vida un paso más adelante de su época, me permito afirmar que fue un ejemplo válido para todo niño o joven u hombre sin distinción de entorno económico y social.

Y afirmaba, también y con razón…

quoteLeftDebiera figurar su historia en los libros de texto,  para incentivar a los más humildes y menos favorecidos de nuestra sociedad, para servir de ejemplo a todos los que pasamos por la vida”.

El Ing. Walter Sapelli, junto a una de sus nietas. (Foto cortesía Familia Sapelli).

 

audioiconEl Dr. Raúl Pazos, quien fue adscripto a la dirección de Casa Sapelli; en otras palabras, la mano derecha del Ing. Walter Sapelli, evocó su figura conjuntamente con el panorama empresarial de la época en la que Casa Sapelli funcionó,  en su columna regular de los miércoles, “El Mundo de los negocios”, el pasado 16 de julio de 2014, dentro del programa matutino de esta emisora, “Tiempo Presente”,  conducido por el periodista Jorge Traverso. por CX12 Radio Oriental, AM 770,  de Montevideo, Uruguay. [21'02"]

Agradecimiento:

  • Sr. Ricardo Sapelli, Familia Sapelli.
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“Frente a un micrófono”. (Bernardo González Arrili,1923).

Bernardo González Arrili. Fotografía extraída del libro “Historia Argentina”. Autor: Diego Abad de Santillán. TEA, Tipográfica Editora Argentina. 1971, Buenos Aires, Argentina. (via commons.wikimedia.org).

Bernardo González Arrili, (Buenos Aires, 18 de octubre de 1892 – Ibídem, 30 de julio de 1987) fue un escritor, historiador, profesor y periodista argentino.

Su primer cargo como docente fue en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia, de Buenos Aires, donde fue profesor titular de Historia desde 1928; luego continuó en otros establecimientos educativos hasta fines de la década del cincuenta. Como periodista colaboró en el diario “La Prensa”, de Buenos Aires y en Radio Splendid entre 1956 y 1958 como asesor cultural. También fue el fundador y director del diario “Norte” de Salta.

En 1953 fue nombrado vicepresidente primero del Congreso Martiano, en La Habana, Cuba, y, desde 1971 hasta 1986, presidente del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia.

González Arrili fue un escritor prolífico en varios géneros: novela, cuento, teatro, cine, pero principalmente se dedicó a la historia y las biografías. También durante muchos años fue colaborador en el suplemento literario del diario “La Prensa”,  de la Argentina. ¹

También fue colaborador de la revista “Caras y Caretas”, de Buenos Aires, y en el número del 12 de agosto de 1923, publicó este delicioso relato, que conservamos en nuestro archivo y que nos lleva a los pioneros años de la radiotelefonía, donde los poemas y las romanzas, constituían los “números” de las incipientes programaciones de las “broadcastings”.

Los primitivos estudios de las emisoras compartían, muchas veces, el mismo piso o planta física que el trasmisor y el generador, aunque separados convenientemente para aislar el ruido producido por éstos; instalados en la azotea de alguna casa o en el alto de un edificio, mas propiamente en el altillo,  al que se accedía por ascensor. El piso alfombrado y gruesas cortinas, dispuesta una mesita o pie con el micrófono en el centro de la habitación, era el lugar donde se acercaban los artistas (tenores y sopranos, pianistas, charlistas, declamadores y recitadores) perifoneaban sus obras artísticas.

 

Invitado a tomar parte en una audición radiotelefónica, un mi amigo  ha resuelto leer dos de sus narraciones provincianas más breves.

Con ellas en un bolsillo, la otra noche salió de su casa y púsose a buscar el rincón de ciudad desde donde se lanzan al espacio los ruidos y las voces que maravillosamente recogen luego en toda la república, y más allá de sus límites, unos hilos, unos áparatitos para él inexplicables…

Durante su camino ha ido pensando en esa maravilla, que, como la luz eléctrica, aprovechada, utilizada por todos, nadie ha sabido decirle qué es.

Las ondas, las antenas, las galenas, el audión, los auditivos; se recoge, se sintoniza…

Sí, sí, todo eso lo va aprendiendo él, pero, ¿qué maravilla es esa de la voz humana soltada al espacio, entrándose en miles de casas, reproduciéndose instantáneamente en los oídos de tantos?.

“Mí voz — pensaba — mi voz, que apenas oyen los que me rodean, va esta noche a galopar con una velocidad de vértigo indecible, por encima de mi ciudad, fuera de ella y a mil kilómetros de distancia; cientos de desconocidas personas a las que no veré nunca, en ciudades y pueblos a los que no llegaré jamás, la irán recogiendo, sin gastarla, sin disminuirla un ápice y la tendrán en sus oídos en el mismo instante en que yo la lance fuera de mi boca, ¡Maravilloso!.

Nunca la palabra “Maravilla” ha dado tantas vueltas dentro de mi cerebro, ni adquirido un valor tan fantástico, acaso ignorado hasta ahora por todos!

Los pasos de mi amigo resuenan en las calles solitarias con un eco opaco, suficiente para hacerse comprender su pequeñez de humano.

Cuando sus ojos se van hacia arriba, una enorme Luna lo inunda todo con luz de una lividez sorprendente. Ha tenido la sensación fugaz de que allá arriba, bajo esa luz palidísima, un frío sutil cala las carnes y se infiltra en los huesos de una manera dolorosa…

Sigue andando. En aquella casa es. Entra,  saluda. La única persona a quien conoce le estrecha mano. “Ha llegado usted un poco tarde, – le dice- ya perdió su número en el programa”.

Mi amigo lo lamenta. Es siempre una cosa sin remedio el perder el espacio de minutos que nos corresponde ocupar dentro de un programa. Mi amigo, mientras habla, recuerda que una vez, hace mucho tiempo, también perdió su ubicación en un programa.

Era una fiesta de beneficencia de esas que se organizan un discurso, dos poesías (Chocano, Amado Nervo, o Amado Nervo, Chocano) y unas cuantas piezas de música ejecutadas — verdaderamente ejecutadas -— por unas señoritas que enseñan los brazos íntegros, todo el escote, toda la dentadura, y cuando se “inspiran”, hasta la córnea de los ojos…

En fin, no importa — dícenle a mi amigo, —cuanto termine este número, va usted…

Mi amigo dice que si, por decir algo. Esta escena tiene lugar en un pasillo. A la izquierda hay varias puertas cerradas. A la derecha, varias puertas abiertas que dan a un gran patio cuadrado, antiguo.

Por estas puertas abiertas llega el rezongo de un enorme moscardón…

Inquiere mi amigo el origen de ese zumbido. Se acerca a una habitación que da al patio. Tres, cinco, seis motores en marcha. Sobre ellos un gran cartel: “peligro”.

Tantos miles de volts y el dibujo, mal hecho, de una calavera…

Retorna mi amigo al pasillo. Sobre el fondo negro del patio rebrilla el acero de la Luna.

Obsesionado, vuelve a mirar hacia arriba, buscando en el vacío justificación a su maravillosa incomprensión de esa maravilla de la que participará dentro de unos instantes y que cualquier electricista está seguro de poder explicar…

Por sobre los techos se alza una gran torre de hierro que va afinándose en dibujos elementales como una guarda trazada por un escolar aburrido.

Desde el pasillo óyese una música que parece venir de lejos. En seguida un canto. La voz del canto es femenina, una romanza antigua, cantada a gritos de una manera fría, diría, fría como la Luna.

De las otras habitaciones llegan algunas risas, de los que esperan “su número” y matan el tiempo narrando y oyendo chistes. Hay un poeta con melena, un señor que toca el violón, seis o siete señoritas, el marido de una señora que toca el piano.

Ábrese una puerta. “Ahora, usted” -dícenle a mi amigo-.

Pasa a la habitación de donde venía el canto de la antiquísima romanza.

Una alfombra, espesa, mata el ruido de los tacos; abundantes cortinas aislan de todos los murmullos posibles. Se hace un silencio.

Inesperadamente un joven alto, comienza con voz recia a decir el nombre de mi amigo. Éste lo escucha sin comprender.

—¡Ya está! ¡Ahora usted! —vuelven a decirle en falsete, y le ponen por delante una mesita que sostiene un pequeño aparato color bronce.

Alza mi amigo, a la altura de los ojos, los pliegos de papel y comienza a leer.

¿Qué se ha hecho de su voz?. Posee mi amigo, desde sus tiempos de discurseador de comité y de plazuela, una voz sonora, una voz un poco ronca, de fumador empedernido, una voz de rematador.

Sin embargo, frente al micrófono, durante los primeros párrafos de su narración, no la posee. La voz que en esos momentos emite es opaca, lenta. Acércasele, entonces, un hombre de menor estatura que la suya, pónese de puntillas y le dice al oído: “Más fuerte, más fuerte…”.

Todo aquello es desconcertante, es ridículo… ridículo efectivamente.

Tiene mi amigo la absoluta seguridad de que está haciendo una cosa ridícula, que lo pone en ridículo ante sí mismo… ¿Para qué lee?, ¿para qué se esfuerza en dar a su voz la fuerza de otras veces?, ¿para qué se empeña en llenar la habitación de ruido? …

Mira el micrófono. A cada instante, por encima de las cuartillas, a la terminación de cada frase, mira ese aparatito color de bronce que le han puesto por delante.

-Por ahí entra mi voz -piensa- y luego se expande, la lanzan al espacio, a la onda… ¿Y si este aparatito no funcionara?. ¿Si por un descuido ha quedado cerrado? Ridículo, ridículo; molesta, cosquilleante, insoportable sensación de inutilidad, de tontería, de instantes mal gastados.

Por fin, ya al final de la lectura, mi amigo “se oye”. Su vieja voz renace de la ya convenientemente templada garganta. En la tapizada habitación la voz resuena como en una caja.

Cuando mi amigo da por terminada su lectura, cuando calla, el silencio que se hace encuéntralo tan espeso, que la obsesionante sensación de haber estado haciendo una cosa ridicula le vuelve con una mayor intensidad.

Y lo confiesa, ya fuera de la habitación: – “Esto de hablar frente a un micrófono es mucho más ridículo que pronunciar un discurso frente a un espejo, estudiar posturas de lector inteligente frente a una máquina fotográfica, o hacer, frente a los futuros suegros, el novio en serio, que eran, hasta ahora, las cosas que yo valoraba como más cargadas de ridiculez”, dice.

Su oyente se asombra. Va a decirle lo que ya mi amigo sabe; es decir, que su lectura la han oído en toda la república, que miles y miles de aparatos radiotelefónicos han reproducido su paladar, que en miles y miles de oídos ha resonado su voz en el mismo instante en que él la emitía frente al bronceado micrófono.

Pero mi amigo no le ha dejado dar explicaciones. “Ya sé, ya sé”, ha dicho apresuradamente, y en seguida ídose al patio que estaba lleno de rezongos de moscardones. Continúan su marcha los motores.

La Luna, derrochando su luz de acero sobre la noche.

Por encima de los tejados se apila hacia arriba una torre como guarda infantilmente dibujada en una página cuadriculada.

Confiesa sinceramente mi amigo que ha vivido algunos instantes de su infancia ya lejana…

Borrada la sensación de ridiculez, ha experimentado una sensación igual a la de un niño maravillado ante un juguete cuyo funcionamiento no se explica.

Y deseó poder romper la noche, partir la Luna, hacer astillas la torre, meterse dentro de uno de esos hilos de cobre, irse en la onda, ver en fin, qué es eso…

Vuelto en sí, mi amigo saluda, oye algunas palabras amables y sale a la calle. Busca otra vez el camino para su casa. Al llegar, los suyos le dicen que lo han oído. “Patente, patente tu voz”.

“Nos parecía, dícenle, que estabas aquí, a nuestro lado, leyendo, pero que no te veíamos porque habíamos cerrado los ojos…”.

-¡Qué maravilla! — repiten, lo mismo que mi amigo. Porque la maravilla sólo la han comprendido al oírle su voz…

Mi amigo se sienta. Enciende un cigarrillo. Acaballa la pierna derecha sobre la pierna izquierda.

Y quédase complacido, burlándose de sí mismo, de quien hace una hora deseaba averiguar tonterías, romper la noche, partir la luna, hacer astillas la torre…

 Bernardo González Arrili

1923

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