“La radio”, del libro de Olga Olivera, “Valizas y su entorno, anécdotas, testimonios, sentimientos”

  Una carcaza de madera de RCA Víctor con el consabido perrito pirata mirando interrogativamente dentro de una gran bocina de
gramófono.

La radio era su mayor fuente de entretenimiento, no sólo por el hecho de escucharla, sino también para desarmarla.

Aunque parezca mentira, llegaba a pasar noches enteras en vela desarmándola y armándola nuevamente, hasta lograr que volviera a funcionar.

Noches en vela también, pasaba con el oído pegado a ella, oyendo los partes de guerra que la BBC de Londres emitía para América Latina.

Corrían los primeros años de la década del ’40 y la segunda Guerra Mundial acaparaba la atención del mundo entero.

La boina que alguna vez fue azul, el cuchillo, una pinza y dos soldadores hechos por él, constituían las herramientas más usadas en los arreglos de la radio. Aunque funcionara normalmente, él se las ingeniaba para encontrarle algún zumbido que justificara su desmantelamiento. Y enseguida quedaba la carcaza de madera con las entrañas de afuera. Un entramado inverosímil de alambres, aisladores, lámparas y cables rojos, blancos y azules (de los) que sólo él conocía su cometido. Hasta un trozo de caravana de mujer formó parte cierto tiempo de su mecanismo.

Por supuesto que en ese laberinto inentendible, siempre quedaba algún par de cablecitos sueltos a los que debía soldar para restablecer los circuitos interrumpidos. Yo, como única hija y admiradora de sus locuras, era su ayudante incondicional y permanente.

Poniendo a prueba la paciencia de mi madre que por cierto era mucha, ocupaba por completo la mesa del comedor y las hornallas de la cocina con sus soldadores y quemaba muebles, manteles y todo lo que se encontraba al alcance de sus manos.

Un ir y venir constante de hierros al rojo vivo desde la cocina al comedor, tenían como fin soldar aquellos equívocos cablecitos.

Eran sus soldadores unos hierros en “ele”, construidos por él, con un rústico manguito de madera chamuscada, cuya misión disminuida, complementaba con la boina.

Cuando empuñaba en una mano una barrita de estaño a medio consumir y en la otra uno de los soldadores incandescentes, yo debía mantener los cablecitos muy juntos, sujetándolos con la punta de mis dedos.

Debía mantenerlos bien cercanos, para que la gota de estaño derretido, al caer, restableciera el circuito.

Pero el instinto de conservación hacía que, en el preciso momento en que la gotita caía, con un movimiento ajeno a mi voluntad, retirara los dedos y con ellos los cables.

Allí quedaba la gotita inútil solidificándose rápida e irremediablemente, como prueba irrefutable de mi cobardía.

Y el proceso volvía a repetirse hasta que yo, bajo las palabras amenazantes o tiernas de mi padre, lograba sobreponerme a mi instinto.

Un día en que todos sus esfuerzos no lograron que la radio funcionara, obligó a mi madre a que la trajera a Montevideo para que los representantes de la RCA Victor lo hicieran por él.

Mucha vergüenza pasó ella cuando éstos le mostraron que de la marca quedaba poco más que la carcaza.

Pero no era sólo la radio la que sufría los embates de arreglismo de mi padre.

También solía encausarlos hacia el par de baterías que unidas en serie, suministraban la energía eléctrica que permitía encender la radio y algunos picos de luz de nuestra casa.

El viento, o mejor dicho la falta de él, nos solía jugar muy malas pasadas. Porque las baterías de mi casa se recargaban con energía
eólica, mediante los giros arrachados de un molino al que por su objetivo de cargar las baterías se llamaba “el cargador”.

Tenía el cargador una sola aspa, muchas veces desbalanceada, con una gran veleta en forma de hoja lanceolada, todo pintado de minio rojo antioxidante.

El cargador giraba alocadamente montado en el extremo de una alta torre de madera, a la que se escalaba más que se subía, por una escalera adosada a ella de travesaños separados y desiguales.

Creo que sólo mi padre, por la fuerza de la costumbre y por su habitual inconsciencia, era capaz de subir y bajar ágil e incansablemente aquella torre.

Así, armado con destornilladores en los bolsillos, pinzas enganchadas en el cinturón, cables y tornillos erizándole la boca, trepaba a la torre con el fin de “arreglarlo” peligrando a cada instante que un giro del aspa le cortara la cabeza.

Una noche, sí, una noche, una ráfaga de viento y un traqueteo distinto del aspa, convenció a mi padre que algo por allá arriba no andaba del todo bien.

Al bagaje de herramientas ya descrito que llevaba distribuidas por su cuerpo, se sumó una potente linterna que oscilaba colgando de su muñeca.

Como siempre que subía a la torre algo se le quedaba abajo o se le caía, subía y bajaba incansablemente, mientras que el haz de luz de la linterna subía y bajaba con él describiendo extraños laberintos de luz intermitente.

En los días subsiguientes la gente parecía actuar de forma poco usual.

Mis amigas que venían a jugar todas las tardes, se retiraban más temprano que de costumbre, poniendo mil flacas excusas.

Don Calistro, asiduo concurrente durante años para escuchar el informativo de las 20 horas, faltó a la cita.

A la mañana del segundo día, el mismo Don Calistro, viejo y respetado vecino y amigo de mi padre, llegó a casa rodeado de solemnidad y misterio.

Llamó aparte a mi padre y entre largos y más que elocuentes silencios y con tono grave y fatalista le dijo: – Luis, te vengo a prevenir  que abras el ojo, porque creo que te puede ocurrir una desgracia.

-¿Calistro!- le dijo mi padre asombrado, – ¿qué me quieres decir con eso?-.

– Puede que tú no lo creas Luis, pero que pasa, pasa…- fue su
respuesta contundente.

– ¿Qué es lo que pasa y por qué hombre?- le preguntó mi padre ya
alarmado.

Y ante el requerimiento del amigo amenazado, convencido de la inminente fatalidad que sufriría, e impotente ante los designios del destino en este caso adverso, Don Calistro le explicó a mi padre la razón de sus preocupaciones.

-Mira Luis- le dijo, – antenoche, yo mismo la vi.

-¿Qué viste hombre? -dijo mi padre intrigado.

-Vi una “luz mala” posada sobre tu casa – fue su respuesta
contundente.

sep

Olga Olivera, “Valizas y su entorno, anécdotas, testimonios, sentimientos”
Torre del Vigía Ediciones, Nov. 2007.

audioiconOlga Olivera, recuerda sus primeros contactos con la Radio (grabación de sus palabras, en el acto de recibir el Premio CX 2013, en la 18ª Entrega Anual del Premio CX en Comunicación, otorgado anualmente por el “Primer Museo Viviente de la Radio y las Comunicaciones de Uruguay”, 17 de mayo de 2013).

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Una respuesta a “La radio”, del libro de Olga Olivera, “Valizas y su entorno, anécdotas, testimonios, sentimientos”

  1. Méry A. dijo:

    Acabo de leer AL ESTE DEL POLONIO, me lo regaló un amigo valicero.
    Es una belleza, escrito con el corazón en la mano.
    Lástima que la editorial no haya escatimado en errores de ortografía, tristemente debo decir que nunca vi tantos errores en un libro. Qué diría la madre de Olga Olivera, que como ella cuenta, era de las maestras que hacía escribir la palabra 100 veces si fuera necesario.
    Méry A.

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