Uruguay. Testimonios. La radio y los Tupamaros, “Los Cangrejos Rojos” (Juan José Cabezas, 2007).

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Foto: cortesía Revista milveinticuatro – http://www.1024.com.uy

Juan José Cabezas, profesor del Instituto de Computación de la Facultad de Ingeniería de Uruguay es autor del libro “Los Cangrejos Rojos”, “una suerte de autobiografía, tan desordenada como incompleta”, que comenzó a escribir en 2007.

El libro “Los Cangrejos Rojos” toma su nombre de lo narrado en uno de sus capítulos que se encuentra en línea  aquí.   Y se complementa con una “selección de e-mails de los amigos que lo leyeron y alguna documentación audio-visual vinculada directamente con los relatos del libro”. (¹)

Entre los méritos de Cabezas,  figura el de haber jugado un rol clave en 1988, cuando Uruguay se conectó por primera vez a Internet a través del Instituto de Computación de la Facultad de Ingeniería. Tanto es así que fue él quien recibió los primeros correos electrónicos que llegaron al país provenientes de fuera del Río de la Plata. (²) (4)

Trabajaba como sonidista de bandas de Rock a fines del ’60, mientras soñaba con la ingeniería electrónica. (³)

En 1970,  se integró al M.L.N (Movimiento de Liberación Nacional) Tupamaros, movimiento político de Uruguay que tuvo una etapa de actuación como guerrilla urbana de izquierda radical durante los años 1960 y principios de los 70, y que se integró a la coalición política Frente Amplio en 1989.

En 1971 estaba en la clandestinidad y en 1972 comenzó el exilio en Chile. Luego del golpe de estado a Allende, en 1973, llegó a Suecia como refugiado político.

Juan José estudiaba ingeniería y, en un taller de electrónica montado en el fondo de la casa de sus padres en Punta Gorda, construía equipos de sonido, amplificadores y cajas de parlantes. A principios de 1970 Juan José y sus amigos del barrio, todos universitarios o estudiantes de bachillerato que se preparaban para ir a la universidad, todos de entre 18 y 22 años, comenzaron a militar en política.

Usaban vaqueros, se dejaban el pelo largo o la barba, escuchaban a los Rolling Stones y sentían un gran rechazo hacia los políticos en general, en especial hacia los de los partidos tradicionales, pero desconformes también con la izquierda.

Como en el fondo de la casa de sus padres funcionaba un taller de electrónica, Juan José fue integrado  al Servicio de Radiocomunicaciones, un grupo de logística de la Columna 15. del MLN-T.

“Al principio todo iba muy bien. Yo trabajaba con otros dos compañeros y la tarea la desarrollábamos en el taller de mi casa. Trabajábamos dentro de la Columna 15 que era muy dinámica y, además de ser la de Amodio Pérez, era la que captaba en Montevideo a la mayoría de los estudiantes universitarios”, – cuenta Cabezas. (¹)

Una de las primeras tareas fue la de construir los mecanismos electrónicos que controlaban el tiempo de detonación de bombas, pero sin dominio de la seguridad necesaria, ello le causó un grave accidente.

Sus manos están deformadas, tienen extraños bultos y cicatrices. En la derecha tiene solo dos dedos completos; en la izquierda apenas uno. Hay dedos a los cuales le quedan dos falanges, en otros apenas una, de otros no queda nada. Además, tiene cicatrices en todo el rostro, en la quijada, la boca, la nariz. Usa unos lentes gruesísimos porque casi no ve. Juan José Cabezas es un mutilado de guerra, una víctima del Plan Cacao. (¹)

Los relatos referidos a la radio para su uso por el movimiento guerrillero comienzan en el Capítulo 10  que se refiere a las “Jaboneras y Captacanas”:

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“En el período 1970-1973 participé en la actividad de tres servicios de radio-comunicación del MLN. El primero en la casa de Punta Gorda donde ocurrió el accidente, el segundo, ya en la clandestinidad, en un local del MLN en el barrio Maroñas en Montevideo y el tercero comenzó en Santiago, Chile, continuó en La Habana, Cuba, y finalmente se instaló nuevamente en Santiago funcionando hasta el golpe de Pinochet.

Estos servicios estuvieron principalmente dedicados a dar respuesta a los posibles requerimientos en radio-comunicación de los distintos grupos del MLN.

En algunos casos, el servicio simplemente adquiría el equipo solicitado y, eventualmente, adiestraba a sus usuarios.

En otros casos, era necesario modificar ciertos aparatos, de uso común en Uruguay, para adaptarlos a las necesidades del MLN. Y en otras ocasiones, el dispositivo requerido debía ser diseñado y construido completamente por el servicio.

Las jaboneras eran un ejemplo típico de un producto completamente fabricado por estos servicios tupamaros.

Eran transmisores de corto alcance, de 30-60 metros, instalados en una jabonera de plástico. Las jaboneras de esta clase eran muy comunes y las habíamos seleccionado como el envase más apropiado para estos transmisores de FM. Si se levantaba la tapa de estas jaboneras tupamaras, se podía ver el transmisor, un micrófono y la batería de 9V que soportaba su funcionamiento.

Para escuchar las emisiones de las jaboneras, se debía disponer de un radio-receptor de FM aparentemente común. Pero no lo era. Para poder sintonizar y escuchar a las jaboneras, los receptores de FM debían ser modificados por el Servicio de Radio de MLN.

Las jaboneras emitían en una frecuencia apenas superior del tope de la banda de FM. Por esto, las radios comunes no podían recepcionarlas.

Lo que se hacía era investigar las radios portátiles de FM de venta masiva en Montevideo con el fin de determinar cuales eran las más sencillas de adaptar para recibir las frecuencias de las jaboneras.

Descubrimos modelos de radios de FM que podían ser reacondicionadas en minutos a un costo mínimo. Una vez modificada, se pintaba una marca roja en el dial indicando el lugar donde se debía sintonizar la jabonera.

Las jaboneras se usaban principalmente para la comunicación en los locales del MLN. Muchas de estas casas poseían escondites en donde varias personas podían vivir incluso durante meses. Cuando los habitantes legales del local activaban la alarma, previendo, por ejemplo, un posible allanamiento policial, los escondites se cerraban y quedaban completamente incomunicados con el mundo exterior. En estos casos, las jaboneras podían ser útiles para escuchar lo que sucedía en la casa y determinar si, por ejemplo, el allanamiento se estaba concretando.

Las jaboneras tupamaras se produjeron en serie y estaban identificadas por su número de fabricación. Algunos de los componentes utilizados para su construcción debián traerse de Buenos Aires ya que en Montevideo no estaban disponibles.

En 1971, en una interpelación en el Parlamento como consecuencia de una fuga masiva del penal de Punta Carretas, el Ministro del Interior mostró una jabonera tupamara como una prueba más de la tecnología usada por el MLN gracias al apoyo que recibía de Cuba y la Unión Soviética. La verdad era que los componentes de las jaboneras eran norteamericanos, europeos y japoneses. Además, los primeros prototipos de las jaboneras fueron hechos antes de ingresar al MLN. Las jaboneras eran un producto uruguayo y no tenían la menor relación con la Unión Soviética o Cuba.

En algunos casos, estos pequeños transmisores no fueron colocados en jaboneras. Se instalaron en lugares donde quedaban completamente escondidos.

Una hermosa lámpara de mesa con pie de cerámica parecía el lugar ideal para instalar nuestro emisor de FM. Aprovechamos el hecho de que la lampara podía estar permanentemente conectada a la red pública de energía eléctrica para acondicionarla de forma que transmitiera su señal continuamente incluyendo una batería recargable para continuar funcionando durante los cortes de electricidad. La idea, sin embargo, no dio buen resultado. El grupo que recibió la lámpara no se sentía seguro con un transmisor tupamaro imposible de apagar. Todo lo que se hablaba era captado por el ultrasensible micrófono y emitido hacia quien sabe donde. La lámpara volvió al Servicio de Radio.

Montevideo puede ser una ciudad fría, húmeda y ventosa en invierno. Para protegerse de este clima, muchos hogares usan una suerte de burlete corredizo en las puertas de entrada. Se trata de tubos de tela rellenos de aserrín o arena que se colocan en el piso junto a la puerta. Al abrirla, el burlete se desliza junto con ella. Al cerrarla, el burlete es reinstalado en su lugar con el pie.

En uno de estos burletes se agregó un transmisor. Este contenía un interruptor que, al abrir la puerta, activaba la emisión de FM permitiendo escuchar desde un lugar remoto quien entraba o salía.

El escobillón es un cepillo, con un palo de madera de cerca de un metro y medio de largo, usado para la limpieza de los pisos de los hogares.

Ellos eran, junto a las escobas, un instrumento de limpieza infaltable en las casas montevideanas. Podían encontrarse en las cocinas o en los baños y nadie prestaría la menor atención en esos objetos.

El Servicio de Radio instaló un transmisor en un escobillón usado. El micrófono, la batería y el transmisor iban en una cavidad en el cepillo, en tanto que la antena recorría el palo. Poseía un interruptor que desde el exterior simulaba una cerda más del cepillo. Al oprimirla, se encendía. Me han contado que el escobillón terminó sus días en el Museo de la Policía de Montevideo.

La modificación de receptores de FM para ser usados con las jaboneras nos condujo al descubrimiento de un nuevo producto: el captacana.

Cana, en lunfardo rioplatense, refiere a la policía. La traducción correcta sería, entonces, captador policial.

El captacana era un receptor de FM modificado para alcanzar las bandas que usaba la policía para comunicarse entre la mesa central y los diversos vehículos en la calle.

Esta clase de receptores, muy usados por los medios masivos de comunicación para supervisar la actividad policial y de bomberos, se podía adquirir en USA pero no era sencillo encontrarlos en Uruguay.

Además, eran caros y llamativos por su aspecto y tamaño, cosa que para el MLN no era muy atractiva.

Por casualidad, detectamos que ciertas radios de FM podían alcanzar las bandas de la policía con pocas modificaciones. Los primeros captacanas fueron unas radios Motorola pequeñas y económicas. Las modificábamos, pintábamos marcas rojas en el dial para indicar donde estaban las emisiones de la policía y se entregaban con algunas explicaciones sobre su uso.

Cuando encontrábamos un modelo de radio apto para ser transformado en captacana debíamos comprar rápidamente una buena cantidad ya que, con frecuencia, se agotaban. Esto también nos obligaba a experimentar continuamente con nuevos modelos para prever la demanda futura.

El uso de los captacanas requería conocer las claves de la policía y unas cuantas horas de escucha para incorporar la práctica necesaria para entender lo que podía estar sucediendo y, sobre todo, en donde.

En Chile, poco antes del golpe de Pinochet, debimos incrementar la producción de captacanas ya que grupos de la izquierda chilena los solicitaban.

Cuando ocurre el golpe el 11 de setiembre de 1973, el Servicio de Radio del MLN en Santiago, tenía captacanas cubriendo varios canales de la Policía, Carabineros y algunos radio-teléfonos del ejército.

No podíamos creer lo que oíamos. Los golpistas estaban aplastando toda posible resistencia con ferocidad y rapidez.

En el medio de ese caos radial, pudimos escuchar a la esposa de un militar golpista diciéndole que los vecinos la habían insultado. El militar la tranquilizó prometiendo que eso se arreglaría luego. Que no se preocupara de los vecinos, que todo iba bien.

Con el paso de las horas, fuimos desconectando los captacanas. Era evidente lo que estaba ocurriendo y escuchar continuamente la frase de la mesa central a los grupos de ataque nos resultaba torturante:

-No se necesitan detenidos. ¿ Comprendido ?

-No se necesitan detenidos. ¿ Comprendido ?

Al anochecer del 11 de setiembre nuestros captacanas estaban apagados. En realidad, no los necesitábamos. Los helicópteros y el rítmico trac trac trac de las ametralladoras .30 nos mantenían informados, segundo a segundo, de lo que ocurría en nuestro barrio.”

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Foto: cortesía Revista milveinticuatro – http://www.1024.com.uy

En el Capítulo 12 , “USA”, Cabezas narra lo siguiente:

“En 1963 ocurriría algo que terminaría barriendo mis últimas simpatías hacia USA. En esa época, el presidente de los Estados Unidos era John F. Kennedy.

Esta Administración estaba impulsando un muy publicitado programa para el mejoramiento de la relaciones de Norteamérica con Latinoamérica. Su nombre era Alianza para el Progreso.

Como parte de estas actividades, se organizó un concurso para jóvenes científicos en toda América Latina. Esto se hacía conjuntamente con una exposición itinerante llamada Átomos para la Paz que, durante 1963, recorría las capitales latinoamericanas.

Julio -un compañero de liceo- y yo nos presentamos al concurso. Nuestro tema era la historia de la radio-comunicación y para ello presentamos un panel con texto relatando algo de esa historia y, a modo de ejemplos, una radio de principios del siglo XX y otra de mediados. Todo esto estaba en una plataforma de medio metro cuadrado.

Las dos radios estaban construidas con placas de acrílico transparente lo que permitía ver todos sus componentes. Ambas funcionaban correctamente y el visitante podía leer la historia en el panel y probar o comparar ambas radios.

El premio a los mejores grupos era, además de formar parte de la exposición de Atomos para la Paz en Montevideo, un viaje de un mes a EEUU visitando diversos centros científicos del país.

Julio y yo fuimos uno de los grupos ganadores por el Uruguay.

Salimos en los diarios, éramos los niños mimados de la biblioteca Artigas-Washington, uno de los principales centros culturales norteamericanos en Uruguay.

Frecuentábamos el USIS (United States Information Service) en la calle Paraguay donde nos trataban como conocidos de toda la vida.

Con Julio nos preparábamos mentalmente para el viaje, cosa que nos tenía muy emocionados.

Pero el 22 de noviembre de 1963 ocurrió algo realmente inesperado. El presidente Kennedy es asesinado en Dallas.

Lyndon B. Jonhson asume inmediatamente como presidente.

Las cosas cambiaron rápidamente para nosotros. La Alianza para el Progreso desapareció.

No hubo viaje a USA. Nunca se nos informó ni se nos dio una explicación.

EEUU se dedicó a la guerra de Vietnam y nosotros a estudiar y trabajar como sonidistas de bandas de Rock y finalmente del Sexteto.” [Electrónico Moderno].

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Foto: cortesía Revista milveinticuatro – http://www.1024.com.uy

El Capítulo 15 se titula “La Radio”:

“Mi radio-despertador se enciende los días que trabajo a las 7 de la mañana, sintonizando la radio CX14 El Espectador.

Esta emisora de AM es una de las primeras que, a principios del siglo XX, modificó profundamente los hábitos de los hogares uruguayos a través de ese maravilloso mueble sonoro de madera, con perillas y dial, que era la radio.

Aunque no tengo la intención de hacerle publicidad a esta emisora, no puedo dejar de concentrarme en ella si he de ser fiel a como ocurrieron las cosas.

Tengo la costumbre de sintonizar la Espectador desde hace 40 años. Y en algunos momentos de mi vida me aferré a ella como una manera de sobrevivir. A otros les dio por jugar al fútbol, armar una murga para recrear el carnaval uruguayo o hacer dulce de leche, el famoso dulce del Río de la Plata.

A mi me dio por la radio.

A finales de 1972, el equipo de radio-comunicaciones del MLN integrado por Ivón, Fernando, Alfredo y yo, estaba nuevamente reunido, ahora en Cuba.

Junto con otros compañeros nos habían alojado en una hermosa residencia construida antes de la Revolución. Era una amplia casa de una planta desplegada en un terreno de buenas dimensiones. Estaba situada en Marianao, un barrio residencial de La Habana.

Por supuesto que, cuando llegamos allí, el Chacal ya estaba instalado y se movía por ella silenciosamente como un felino en su territorio.

Nosotros suponíamos que estas bellas residencias habían sido confiscadas en los primeros tiempos de la Revolución y que ahora cumplían diversas funciones. Una de ellas era la de albergar a los tupas que veníamos de Chile.

Las casas estaban adecuadamente amuebladas incluyendo una radio y un televisor de origen soviético, por lo general fabricados en algún país socialista de Europa.

Desde Cuba no era fácil recibir información de Uruguay. El correo y el teléfono entre Cuba y Uruguay era, en ese entonces, fuertemente controlado por la seguridad cubana y prácticamente no funcionaba. Por otra parte, había también buenas razones de seguridad de parte del MLN para desestimular los intentos de establecer contacto directo desde la isla con Uruguay.

La única vía que nos quedaba para obtener información era Chile y, por cierto, era bastante limitada.

Las condiciones para la creatividad de nuestro grupo estaban dadas. La radio soviética estaba sobre la mesa esperándonos. Descubrimos que, tal vez por las enormes distancias de la Unión Soviética, dicho receptor estaba bien equipado para recepcionar estaciones de onda corta. Esto no era tan común en las radios occidentales que, normalmente, sólo tenían AM y FM.

Había que resolver dos cosas: construir una antena de unos 10 metros de largo y, lo más difícil, averiguar que radios uruguayas emitían en onda corta y en que lugar del dial, con qué frecuencia.

La antena se instaló usando un alambre viejo atado desde el tanque de agua de la casa hasta un palo en el fondo de la misma. La radio funcionaba muy bien y como no sabíamos donde estaban las radios uruguayas simplemente nos pusimos a rastrear toda la onda corta.

Nos concentramos especialmente en las bandas de 30, 25 y 19 metros de longitud de onda. Suponíamos que en esas frecuencias se daba la mayor posibilidad de sintonizar una radio uruguaya.

Además, por las características de la atmósfera en el Caribe se debía buscar durante el día ya que en la noche las emisiones cercanas tapaban todo.

Finalmente, la búsqueda tuvo su resultado. En la banda de 25 metros encontramos una radio uruguaya. Habíamos sintonizado la radio El Espectador.

La alegría no duró mucho. Poco después, los cubanos de la seguridad vieron la antena y nos explicaron que, debido a las emisiones contrarrevolucionarias desde los Estados Unidos, había normas que impedían la instalación de antenas en una casa sin la autorización del gobierno.

Nos explicaron que el Socialismo y la Dictadura del Proletariado requerían de este tipo de restricciones.

De más esta decir que desarmamos la antena y se terminó la CX14 en La Habana.

Ese fue nuestro primer partido radial con los cubanos. En la revancha, las cosas cambiarían radicalmente.

Apenas 11 meses después, los cubanos nos permitirían escuchar la Espectador sin restricciones. No sólo eso, también pondrían a nuestra disposición una antena enorme y, tal vez, algo exagerada para nuestros fines. Por si eso fuera poco, tendríamos los mejores equipos de uso militar que Cuba podía disponer, en aquellos años, para recepcionar emisiones de onda corta.

En octubre de 1973, la mitad del grupo de radio-comunicación del MLN -Alfredo y yo- se asiló en la Embajada de Cuba en Chile. Ivón y Fernando habían hecho lo mismo en la Embajada de Suiza.

Luego del golpe contra Allende, la sede diplomática cubana estaba bajo control del Reino de Suecia gracias a las negociaciones del Embajador Harold Edelstam con la Junta Militar.

A pesar de estar sitiada por el ejército de Pinochet desde el mismo 11 de setiembre, la embajada mantuvo una intensa actividad y comunicación con los partidos políticos chilenos -ahora en la clandestinidad- hasta que en diciembre de 1973 el embajador sueco fue declarado persona non grata por la dictadura.

El grupo de asilados estaba compuesto principalmente por uruguayos y chilenos, incluyendo un ex-ministro del gobierno de Allende y la uruguaya Mirta Fernández de Pucurull, quien fue rescatada por el embajador Edelstam cuando todos ya habíamos perdido la esperanza.

La vida de la embajada era tensa debido a la constante presión del ejército que nos rodeaba, pero la convivencia era buena. Por otra parte, había mucho para hacer y cada uno de nosotros tenía una tarea asignada.

A Alfredo y a mí se nos solicitó que intentáramos reparar y poner en forma operativa los equipos de radio-comunicación de la embajada.

La Sala de Comunicaciones estaba muy bien equipada, incluyendo un transmisor de alcance mundial, un receptor de onda corta de uso militar, un receptor norteamericano para radio-aficionados y algunos transceptores de corto alcance, también norteamericanos. La embajada ocupaba una superficie realmente grande lo que permitió instalar una antena para emitir o recibir en condiciones casi ideales.

Como la sala incluía cuchetas, Alfredo y yo prácticamente vivíamos en ese lugar durante todo el período que nos tocó estar allí. Nadie más entraba a esa sala.

En poco tiempo aprendimos a operar el receptor ruso. Se trataba de un cubo de casi un metro de lado que daba la impresión de estar hecho de metal macizo. Los controles estaban diseñados para gente con manos grandes y fuertes. No era precisamente mi caso. Se podía buscar una señal de radio con 5 o 6 digitos de exactitud, mucho más de lo que estábamos acostumbrados nosotros.

A ciertas horas y en ciertas frecuencias, debíamos recibir las emisiones desde Cuba. Se trataba de mensajes codificados que luego de ponerlos en papel entregábamos a Max Marambio, el enlace entre Cuba, el embajador sueco y los partidos chilenos. Este chileno era una curiosa mezcla de guerrillero y playboy que sabía hacer muy bien su trabajo en las difíciles condiciones en que se encontraba. Era evidente que gozaba de una gran confianza por parte del gobierno cubano.

Otro grupo del MLN tuvo una actividad especialmente destacable para todos nosotros.

Al embajador sueco le preocupaba mucho la existencia de una cantidad importante de armas largas y cortas en el edificio de la ex-embajada de Cuba. Su presencia significaba un serio riesgo para la vida de los asilados. El mayor temor del embajador era lo que pudiera ocurrir en el caso de un allanamiento por parte del ejército.

Era imprescindible sacar las armas de allí cuanto antes. Y así se hizo.

Para ello fue necesario coordinar con los partidos políticos chilenos que recibirían las armas. Pero además, había que encontrar una forma de sacar el armamento de manera que el ejército sitiador no se percatara.

Un grupo del MLN se encargó de esconderlas en los vehículos de la embajada y dentro de las garrafas de gas para la cocina. Lo único extraño era que las garrafas salían de la embajada con más frecuencia de lo normal, supuestamente vacías.

El embajador sueco hacía, normalmente, una visita diaria para ver como se desarrollaban las tareas y cumplir con su vital rol de nexo con el exterior. A veces, cuando consideraba que el riesgo de un ingreso violento de los militares era muy alto, se quedaba a pernoctar o invitaba al embajador de la India y su esposa a un ágape en la embajada.

No recuerdo la fecha exacta, pero creo que, para el mes de noviembre de 1973, la embajada ya estaba sin armas.

En cuanto a Alfredo y a mí, de más está decir que en los ratos libres sintonizábamos la Espectador sin la menor dificultad. No sólo eso, pudimos determinar su frecuencia con exactitud y, además, detectar otras radios uruguayas como Sarandí y Oriental. Toda esta experiencia en la recepción de onda corta no sería en vano.

A finales de 1975 ya estaba definitivamente instalado en Gotemburgo, Suecia. Vivíamos en un pequeño apartamento en Masthuggtorget, un barrio cerca del puerto. Angela había nacido en mayo de ese año. Se acercaba el largo y oscuro invierno sueco y no tenía una buena radio de onda corta.

Adquirí por 1100 coronas suecas un kit de componentes para armar un receptor de onda corta portátil, bastante sensible y preciso.

En diciembre de 1975 estaba todo listo para probar el equipo. Pusimos una antena colgando por una ventana y empezamos a buscar radios uruguayas.

Pronto nos dimos cuenta de las pocas probabilidades de captar en Suecia una señal relativamente débil emitida desde Uruguay.

La Asociación Sueca de Radio-aficionados nos dio mucha información sobre la complejidad de este tipo de comunicación. Dependíamos de las manchas solares, de la hora del día, del clima en Uruguay, en el Océano Atlántico y en Suecia. Escuchar la radio El Espectador en Gotemburgo era parecido a buscar una aguja en un pajar.

Empecé a recibir mensualmente los pronósticos sobre la atmósfera y las manchas solares. Escuchaba los detallados informes meteorológicos de la Radio Nacional de España que cubrían buena parte del Océano Atlántico. Y de a poco comenzamos a adquirir práctica para determinar cuando era posible escuchar la Espectador. A veces, esa pequeña ventana con el Uruguay solo duraba media hora durante dos o tres meses.

Con frecuencia, la señal se desvanecía o se perdía por el ruido de la atmósfera.

Pero cuando el clima y las manchas solares estaban a nuestro favor podíamos escuchar la radio uruguaya hasta una hora durante una semana, todas las noches. Si Angela y Manuela lo permitían, claro está.

Cuanto placer producía escuchar los informativos y, sobre todo, la típica publicidad de las radios del Uruguay.

Hacia finales de 1980, la dictadura organizó un plebiscito con el objetivo de institucionalizarse. Aunque en forma muy limitada, esto le daba a la ciudadanía una valiosa oportunidad para expresarse. La expectativa alrededor del plebiscito en el exilio era enorme.

Yo me puse de apuro a estudiar las condiciones climáticas para el último domingo de noviembre de 1980 con el objetivo de escuchar los resultados de las primeras mesas electorales y observar las tendencias.

Cuando llegó el día del plebiscito, la recepción no era buena pero allí estaba la CX14.

Los resultados de las primeras mesas eran contundentes. Pude acostarme completamente feliz sabiendo que el NO había ganado.

El cassette donde grabé la débil señal de la Espectador contando los votos del NO es uno de los recuerdos más queridos del exilio que traje conmigo al Uruguay.

Mientras escribo este capítulo, estoy recibiendo un e-mail de Angela desde Alemania donde me cuenta sobre su embarazo y adjunta algún comentario sobre las últimas noticias de Uruguay que vio en la Web del Espectador.

Claro, recién me doy cuenta que me olvidé de decirle a los lectores jóvenes que cuando yo vivía en Cuba, Chile o Suecia no había Internet.”

FUENTES CONSULTADAS Y/O CITADAS

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