1968. Uruguay: Cuando los “Tupamaros” coparon Radio Sarandí.

El 15 de mayo de 1968 jugaron en Montevideo, el Club Nacional de Fútbol y Estudiantes de La Plata por la final de la Copa Libertadores de ese año.

En el entretiempo del partido, una acción del movimiento subversivo MLN interrumpió la emisión deportiva de CX8 Radio Sarandí, (que trasmitía también en ese entonces en la onda corta por CXA8 en 9640 kHz) en , donde el legendario Carlos Solé relataba.

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Carlos Solé a la izquierda del micrófono; y de lentes, Rubén Castillo, en la cabina de Radio Sarandí en el Estadio Centenario de Montevideo. Fueron testigos de una noche distinta en en la que avatares políticos de un tiempo turbulento se cruzaron con la radio y el fútbol.

En el libro “Actas Tupamaras”,(Editorial Cucaña, Buenos Aires, 2003) se relatan las operaciones en las que participaron los Tupamaros, escritas por ellos mismos. Esta es la versión de la

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Era el año 1968. En un principio la acción había sido planificada para ser realizada el 30 de abril por la noche. Se difundiría un mensaje de apoyo al 1º de mayo y un llamamiento a la lucha armada.

La emisora elegida era Radio Rural, guarida y voz del sindicalismo amarillo.

En caso de no poder irradiarse el mensaje, se destruiría la planta emisora.

Con todo listo, problemas mecánicos del vehículo surgidos a último momento obligan a postergar la acción.

El plan queda latente en espera de una oportunidad propicia, la que se presenta el 15 de mayo en que jugaban por la copa «Libertadores de América», Nacional local y Estudiantes de la Plata argentino.

El plan sufre dos modificaciones: el cambio de la emisora, por lo que se descarta la destrucción prevista. Se elige Radio Sarandí, porque es la más escuchada en los partidos de fútbol y fundamentalmente, porque llega a todo el interior del país.

En los tres días que median entre la resolución y la ejecución, se estudia el objetivo, la zona, vías de acceso y salida, y en la medida en que se obtienen datos se van planificando los detalles de la acción.

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Planta trasmisora de Radio Sarandí, en el Camino Simón Martínez. (De un folleto de la emisora publicado en los 70s, archivo LGdS)

La planta emisora está ubicada en el Km. 11,500 del camino Simón Martínez, a unos 30 minutos del centro de Montevideo.

Frente por frente hay una fábrica de neumáticos -Ghiringhelli- y aquí, una parada de ómnibus donde varios compañeros y compañeras se turnan en una vigilancia permanente durante las 24 horas del día. Esa vigilancia da la posibilidad de observar el movimiento de gente en la planta emisora y la casa de familia del encargado, que forma parte del mismo edificio.

Mediante dos ardides, se profundiza la observación del objetivo y se reconocen sus alrededores. Por un lado «chacareros» de bota entran y recorren las chacras vecinas -no faltan pretextos- en búsqueda de posibles vías de acceso y salida a través de ellas, a la planta emisora.

Lindero con ella y separado por un alambrado hay un aserradero al cual también se entra. Se consultan precios, se recorre para ver las maderas que se necesitan y se promete volver. Se descarta la entrada por el aserradero: hay sereno y perros.

Por otro lado, una compañera embarazada -embarazada sin comillas- muerta de sed, entra a la planta emisora y en la casa de familia pide un vaso de agua.

La simpática y conversadora dueña de casa la atiende con solicitud.

Si la dueña de casa conversa, conversa mucho, la compañera pregunta otro tanto, con lo que entran en confianza y se habla del calor, de los meses de embarazo, de los hijos que tienen o no tienen, de la linda casita— con eso comenzaron y siguieron como viejas de cola de expendio.

A la media hora la compañera sabía: disposición interna, vida y milagros de la casa y la planta emisora, cantidad de habitantes, entre los que había un niño y un anciano, que la portera de entrada no se cerraba nunca con candado, que no tenía chicharra que alertara al ser abierta…

Aunque aún les quedaba tema para otra media hora de conversación hubo que despedirse. No fue fácil: habían trabado una enorme amistad.

Otro grupo de compañeros se encarga de preparar los «cazabobos» que serán colocados al abandonar el objetivo a efectos de frenar o retardar el acceso a él.

Un tercer grupo graba la cinta magnética. Este grupo juega la carta brava y fundamental en la acción. El éxito depende de ellos.

A diferencia de la operación suspendida en la que la destrucción de la planta emisora aseguraba, en última instancia, el éxito de la acción, ahora, de nada valdrá tomar la radio si no se logra irradiar todo el contenido de la cinta, por varías veces, en un lapso prolongado.

Este objetivo, sencillo para un experto en transmisiones normales, resulta complicado y difícil para legos en la materia, por los riesgos que implica los altos voltajes usados y el funcionamiento sensible de los equipos de corte que accionan ante la menor alteración del circuito.

Los muchos y complejos problemas técnicos a resolver requirieron una complementación teórica a los conocimientos elementales que se poseían sobre radio-transmisión.

Esa preparación presentó dificultades que parecieron insalvables, y que se derivan de la carencia en plaza de materiales sobre el tema.

Respecto a la planificación sólo resta decir que el acto de copar la planta emisora se efectuará pocos minutos antes de finalizar el primer tiempo del partido de fútbol, de tal manera de poder irradiar el mensaje sin interferir con el relato.

Intervendrán 10 compañeros, dos compañeras y un vehículo Ford especial.

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EL DÍA 15 DE MAYO

El país entero está pendiente del partido. Los que asisten al estadio no conformes con verlo suelen llevar su radio para oír el relato. Los que no van se conforman con oírlo.

Faltando un cuarto de hora para terminar el primer tiempo, la camioneta da un par de vueltas por el objetivo y sus alrededores y comprueba que todo está tranquilo. Como todo el mundo, el guardia de la casilla de Ghiringhelli escucha el partido.

En la segunda vuelta de la Ford, sube a ella la pareja que vigilaba en la parada.

Ya en espera de la hora la camioneta estaciona en el Camino de las Tropas, a 4 cuadras del objetivo. Diez compañeros en la caja y dos en la cabina: Nolo y Tusso.

Todo está pronto y previsto, nada falta: desde el «técnico» en radio-transmisión, hasta el agua de colonia y el amoníaco para cualquier problema en los nervios de la señora simpática o de sus ancianos padres, su padre en especial. En cuanto al nene, para él también hay previsiones: un precioso trompo musical.

Transcurría la espera cuando aparece un vehículo que, al maniobrar entra a una chacra, enfoca sus faros en la cabina de la Ford.

Rápido como la luz -y aquí sí cabe la comparación- Nolo se echa sobre Tusso y lo cubre con su cuerpo para simular una pareja: dos hombres hubieran despertado sospechas. Para los chacareros todo pasó como si fuera una encendida escena de amor. Después, Nolo se moría de risa… Tusso no.

Cinco minutos antes de finalizar el primer tiempo del partido, se parte hacia el objetivo. Abierta la portera se entra y estaciona a unos cinco metros del edificio. Descienden los de la cabina. Con evidente recelo sale a recibirlos el encargado. Le preguntan si tiene nafta.

Entre pregunta y respuesta los restantes compañeros se descuelgan de la camioneta y dos de ellos, con sendas metralletas se dirigen a vigilar los alrededores del predio.

El recelo y la sospecha del encargado le son confirmadas: sin esgrimir armas le explican que la emisora será tomada y que se irradiará un mensaje. El hombre se resiste e intenta bloquear con su cuerpo la entrada a la planta.

En el pórtico de la casa de la familia aparecen la «señora simpática» y su madre. Dos compañeras y un compañero se encargan de tranquilizarlas: entran los cinco en la casa donde acaba de despertarse un hombre que dormía allí. Se le indica que siga en la cama y él obedece tranquilo. El anciano y el niño no están. La señora mayor comienza a ponerse nerviosa. Una de las compañeras repasa mentalmente el uso de la colonia y del amoníaco: felizmente todo se arregla con un vaso de agua.

Las compañeras y el compañero explican el sentido de la acción y preguntan por el anciano y por el niño para el cual dejan el trompo que han traído.

Entretanto la resistencia del encargado se ha superado. Aunque libre la entrada, hay que atender al hombre que sufre una especie de vahído. Dice que es su corazón y pide que se alcance el remedio que usa en estos casos. Llega la pastilla y el vaso de agua, y una vez calmado se le explica, se le tranquiliza y se le pide su colaboración.

Como el hombre se niega, dos compañeros se encargan de custodiarlo.

CIELO, MI CIELITO LINDO…

La primera reacción de nuestro «técnico» en aquella sala de 8 metros por 8, llena de un zumbido intenso, repleta de equipos de medición y de múltiples aparatos de transmisión es de asombro, de aprensivo asombro.

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Sala de trasmisores de CX8 Radio Sarandí.

Allí comprueba el largo trecho que va entre la teoría y la realidad.

Superado ese primer desconcierto comienza a rastrear, por medio de audífonos la línea que llega de los estudios centrales. Se le van varios minutos sin éxito. Ya ha concluido el primer tiempo. La negativa del encargado a colaborar y el afán por encontrar la línea, lleva a varios compañeros al error de abandonar sus cometidos específicos para ayudar el rastreo.

Luego de cinco minutos que -como siempre que se trabaja contra reloj- parecieron volar, se logra ubicar la línea. Cortados sus dos cables se conecta el grabador al cual se le había sacado el parlante: sus dos colillas reemplazan a los cables cortados. ¡Todo listo!… pero la transmisión no sale.

¿Qué ocurre? ¿Será obra de los interruptores? Revisado el grabador, se comprueba un pequeño desperfecto que se arregla de inmediato.

…Ahora sí, surgen en el monitor de la sala las primeras notas del «Cielito de los Tupamaros» que preludia el mensaje. Lo mismo ocurre afuera, en la calle, en todo Montevideo, por todo lo ancho del país, en los países vecinos, especialmente en la Argentina.

Los compañeros que debían estar en otras tareas, vuelven a ellas: unos a instalar el circuito de «cazabobos», otro a ubicar la Ford en posición de salida; otro, a la custodia del encargado.

Todo listo para evacuar, se desaloja al planta emisora y la cierra lo más firmemente posible. El cartel que se ha colocado indica el peligro de explosión derivado de todo intento de abrir la puerta o cortar la transmisión o la energía eléctrica.

El encargado es llevado a su casa, donde se le repite la advertencia; ahora se agrega: que no toquen nada, que nada pasará y que llamen al Servicio de Armamentos y Explosivos del Ejército.

Entonces ocurre algo imprevisto. El que estaba en la cama, salta de ella, corre hacia fuera en pijama y la emprende a los gritos y las pedradas contra la camioneta, contra los compañeros que estaban subiendo. Uno de ellos lo amenaza con su arma, y el iracundo escapa campo afuera saltando los alambrados.

En tanto, sin que sus ocupantes adviertan que falta uno, la camioneta apura hacia la portera. El compañero abandonado corre tras ella a grito pelado hasta que es oído finalmente.

Al pasar frente a la casilla del guardia de la fábrica se oye llegar de allí el mensaje que, también se va escuchando en la radio de la Ford.

En diversos puntos del camino de regreso van bajando los compañeros.

Llegados al cantón, mientras consumen un merecido café con leche, se sigue oyendo el mensaje…

Después ya en la cama… y continúa el mensaje. Cuesta creer que la transmisión dure tanto, hasta agotar la cinta en la que el mensaje se repetía seis veces, un tiempo total de 40 minutos.

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Los efectivos entran a la planta emisora.

Los «cazabobos» han resultado efectivos: 10 minutos después de retirarse los compañeros llegaron las fuerzas policiales y de la metropolitana. Rodearon la planta emisora.

En gran cantidad y armados hasta los dientes llegaron en autos, en jeeps, en «chanchitas». Pero esta vez, ni el número ni las armas les sirven para nada: al ingenio no le entran balas.

Allí permanecen la policía, rodeando la planta, mientras pasan y pasan los minutos…

Afuera el tropel de botas, revólveres, metralletas, fusiles, ir y venir de jerarcas sin saber qué hacer.

Afuera las puteadas, la rabia, la histeria, la impotencia.

Adentro una pequeña cosa, un aparato casi insignificante que rueda y rueda irradiando al país entero la voz del mensaje revolucionario.

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Entre unos y otros los «cazabobos», unos cohetes sin importancia… Claro, que pueden no serlo tanto.

Con los minutos que pasan crece la desesperación, la rabia y el ridículo.

De pronto el Jefe de Policía, valiente y decidido avanza hacia la puerta, mientras sus subordinados contienen la respiración.

Toca la puerta y tiene como respuesta una explosión… barullo nomás… pero que le hace pegar un salto de resorte entre las risas de los subordinados.

Mejor no probar más: con esto alcanza. Pero hay que hacer algo más que dar vueltas y putear. Por allí ven una caña tacuara. ¿Podrán cortar el cable que va de la planta a la torre? Allá van, montoneros nocturnos… al segundo fracaso, aunque sin ruido y sin susto.

Por fin la luminosa idea del Jefe: que la UTE corte la luz de la zona.

Lástima que a esta altura de las cosas había concluido la transmisión, aunque seguían, por la onda corta, entre las incidencias del partido los furiosos carajos del relator.

Mientras duró la transmisión tupamara, en el Estadio la gente se agrupaba en torno de los que tenían radio.

El partido terminó con la eliminación de Nacional por 2 goles a 1. Pero un fanático tricolor que a pesar de todo parecía contento comentaba al salir: «¡Qué me bg-blockquote_endimportan los dos goles de Estudiantes, ante ese golazo de los Tupas»… (1)

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Jorge Bazzani y Carlos Solé.

La grabadora magnetofónica de la emisora siguió registrando en la cabina de trasmisión del Estadio.  El siguiente documento sonoro registra el sonido de ambiente  inmediatamente que se percatan del incidente. Se aprecia el comentario  de Bazzani, el que sin haberse enterado de que su voz no estaba saliendo al aire,  queda interrumpido cuando aparece sonora y frenética la “puteada” de Don Carlos Solé. Las voces de alerta y alarma suenan dentro de la cabina,  la sorpresa -y enseguida- las conjeturas de los compañeros de trasmisión, entre los que se reconoce, entre otros a las voces de Raúl Barizzoni y Rubén Castillo.

Fuente:

“Actas Tupamaras”, Editorial Cucaña, Buenos Aires, 2003, pags. 113 a 119. Visto en 12 de setiembre de 2013.

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2 respuestas a 1968. Uruguay: Cuando los “Tupamaros” coparon Radio Sarandí.

  1. Un atropello al estado de derecho de quienes se creían iluminados.

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