Cuentos, mitos, leyendas urbanas y otros relatos sobre la radio escuchada en lugares no convencionales.

Felisberto Hernández, (Montevideo, 20 de octubre de 1902 – 13 de enero de 1964) fue un compositor, pianista y escritor uruguayo, caracterizado por sus obras, en un principio catalogadas como literatura fantástica, basadas, principalmente, en una reflexión sobre sí mismo. (Wikipedia). Sus interpretaciones al piano fueron difundidas por la primera emisora comercial uruguaya, Radio Paradizábal, desde 1922.

Muebles “El Canario”, es un cuento del escritor uruguayo Felisberto Hernández, originalmente publicado en la revista “Mujer Batllista” y en “Nadie encendía las lámparas”, en 1947.

En 1998  Radiodifusión Nacional (S.O.D.R.E.) lo llevó a formato radioteatro.

Se trata de un cuento fantástico, de literatura urbana.

Trata el tema de la invasión de los medios de comunicación en la privacidad y la influencia de la publicidad en nuestra vida cotidiana. El tema guarda total vigencia en nuestra cultura.

El protagonista es abordado en el tranvía por alguien que, intempestivamente, le inyecta un líquido. Al llegar a su casa, comienza a escuchar dentro de su cabeza un programa auspiciado por “Muebles El Canario”. La publicidad invade de tal forma la vida del hombre que decide salir a buscar una solución. ¹


audioicon“El canario en mi cabeza”. Una adaptación del cuento “Muebles El Canario” de Felisberto Hernández. Por vocesforaneas . Actuaciones: Juan Ignacio Domiguez como el afectado. Josefina Avale como la señorita de las inyecciones. Carolina Canstatt la locutora. (por Voces Foráneas, audio originalmente en Soundcloud).


Muebles “El Canario”

[Cuento. Texto completo.]

Felisberto Hernández. (Montevideo, 1947).


La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa.

Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía.

Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:

-Con su permiso, por favor…

Y yo respondí con rapidez:

-Es de usted.

Pero no sólo no comprendí lo que pasaba, sino que me asusté.

En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que, aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que, no sé por qué, creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir “es de usted”, ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras.

Al mismo tiempo, una gorda que iba en otro asiento decía:

-Después a mí.

Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:

-¡Ah!, lo voy a lastimar… quieto un…

Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara.

Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte.

Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles “El Canario”. Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios.

Pero apenas bajé del tranvía pensé: “No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda”. 

Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso.

De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar.

Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:

-“Hola, hola; transmite difusora “El Canario”… hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones…”, etc., etc.

Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza.

Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles “El Canario”. Y de pronto dijeron:

-“Como primer número se transmitirá el tango…”

Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza.

Enseguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia.

Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.

Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección.

Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales.

Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:

-¿No le agrada la transmisión?

-Absolutamente.

-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.

-Horrible -le dije.

Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:

-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas “El Canario”. Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.

-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!

En ese instante oí anunciar:

-Y ahora transmitiremos una poesía titulada “Mi sillón querido”, soneto compuesto especialmente para los muebles “El Canario”.

Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:

-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.

Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:

-Venga el peso.

Y después que se lo di agregó:

-Dese un baño de pies bien caliente.


Ánalisis del cuento

Se pueden encontrar en la Web varios artículos con estudios y análisis sobre esta pieza literaria y la obra de Felisberto Hernández. (Véase, por ejemplo MUEBLES EL CANARIO, La Huella Del Sonido, de Lucía González).

Elías Nieto, en “Explicación falsa del cuento «Muebles “El Canario”» de Felisberto Hernández”, publicado en “Decadaesencia”, 23/X/2012), dice:

blockquoteUna primera mirada nos remite al mundo de lo absurdo e ilógico, en el que nos encontramos con un claro componente de alienación, el narrador es un extraño en su propia ciudad. Esto como directo producto de una sociedad globalizada que genera la liberación de las relaciones sociales respecto a los contextos locales de interacción.

El tranvía en el que viaja, representaría la Posmodernidad, caracterizada, en este caso, por bombardearnos con nuevos modelos de consumo y por una omnipresencia de la publicidad y los medios de comunicación. Nuestro narrador se encuentra entonces dentro de esta dinámica, denominada por Jameson como la lógica cultural del capitalismo tardío.

El protagonista, sorprendido, ignora los mecanismos de la publicidad móvil que se constituye como un elemento esencial de la cultura posmoderna. No conoce las reglas del juego y aturdido es vencido por una honda vergüenza. No puede escapar ni evitar la publicidad, no tiene voz ni palabra que se oponga al caótico fenómeno. Trata de inventarse explicaciones inverosímiles, en lugar de reaccionar de alguna manera.

La sonrisa complacida de los pasajeros nos muestra el conjunto de sujetos que conforman las nuevas clases medias, que de acuerdo a Pierre Bourdieu, están en constante lucha contra los grupos dominantes más antiguos y que en el cuento tiene a la pasajera gorda como su máxima exponente quien ansía desesperadamente la inyección publicitaria, ya que lleva en sí misma los objetos culturales posmodernos que con su actitud trata de hegemonizar frente a toda la sociedad. Para los pasajeros en suma, el consumir ha llegado a ser mucho más importante que el de producir.

Una de las explicaciones que se trata de dar nuestro protagonista es que “de cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga”. Esta respuesta es al que muchos tratan de creerse frente a la boyante publicidad que invade nuestras vidas; sin embargo, ¿qué prohibición real existe en una sociedad de consumo si la palabra, en términos de Lacan, funciona como un intercambio simbólico?

El grupo social en el que de desplaza nuestro narrador está constituido por el efecto del significante. Una vez que la publicidad ha sido inyectada, la lógica del consumismo ha entablado su voracidad mediante “la palabra”, pues con esto, el sujeto se encuentra alienado de su necesidad e inserto en el deseo. El consumo busca constituirse como el acto humano de llenar una carencia, una falta o un vacío permanente.

En el cuento, aparentemente, a diferencia de lo que sostiene Bourdieu, sí es necesario recurrir a la coerción para legitimar el sistema social; sin embargo, es una coerción en apariencia, ya que el hombre que inyecta la publicidad piensa que el protagonista vive bajo el sistema, de ahí su interrogante: “¿No le agrada la transmisión?”

Ahora bien, ¿por qué trasmitir la publicidad de unos muebles?, ¿por qué no la de un televisor, una marca de ropa o una cocina equipada con los últimos avances de la tecnología en la que el cuento está ambientado? La respuesta nos permite abordar una de las tres perspectivas del consumo cultural que elabora Featherstone, quien sostiene que los sueños y deseos se proyectan en las imágenes del consumo cultural. De esta manera, un mueble genera un placer aparentemente estético en el sujeto que le debería impulsar a sentirse reconfortado y a mostrar una imagen de lo que es a través de lo que consume.

A diferencia de los otros personajes, el protagonista se resiste a la dinámica posmodernista. Busca una solución desesperada subiéndose a un tranvía en el que encuentra con un empleado de “El Canario” quien está inyectando publicidad a un grupo de niños. Una lectura lineal nos daría a entender la vulnerabilidad que sufren los niños frente a la publicidad, sin embargo, podemos interpretar el hecho, siguiendo nuestro análisis, como la anulación de las variables tradicionales de edad. Ahora todo se construye en base a los productos de “El Canario” y todo marcha hacia una sociedad sin grupos de estatus fijos.

Llegamos hasta el punto más desesperante, el narrador-protagonista requiere una solución rápida y efectiva, un servidor, agente vinculante del consumismo, le recomienda tomar las tabletas producidas por “El Canario”, en otras palabras, la propia enfermedad viene a ser la cura, de esta manera la vida parece reducirse al mero consumo. Esta cadena nos plantea que el consumo se ha transformado en un proceso que supone la construcción simbólica de un sentido de identidad tanto individual como colectivo.

Finalmente, existe una salida extra propuesta por el mismo agente vinculante del consumismo, la cual consiste en “darse un baño de pies bien caliente”. La situación parece desmoronarse ante un final que nos puede sacar una sonrisa, pero que en el fondo connota el sentido mismo de la manipulación de los signos en la lógica del consumo, y su capacidad de transmitirse a través de la palabra, lo que nos lleva a adoptar la posición de Baudrillard, ya que el consumo no se puede conceptualizar como un proceso material, sino como una práctica en la que no se consumen los objetos, sino las ideas.

«Muebles “El Canario”», es pues, un cuento que sin lugar a dudas nos propone una infinidad de lecturas que, desde diferentes enfoques, nos otorga una mirada crítica a la realidad a través de lo fantástico, aunque siempre he pensado que todo esto no es más que una explicación falsa de los cuentos.


“Efecto Mariposa”, por CX26 Radio Uruguay, Montevideo, emitido del 30 de junio de 2016, dedicó un programa al cuento de Felisberto Hernández. Los temas de ese día fueron:

• La fantástica extrañeza de lo cotidiano: análisis de “Muebles El Canario”, con una entrevista a Fernando Chelle, profesor de literatura. • Música para y ( de ) canarios varios. • Drogas en el transporte colectivo: el caso del celular y la burundanga. Comentario de Daina Rodríguez, Alberto Gallo y Carolina Molla. • Lo maravilloso, lo insólito y lo fantástico: tres categorías dentro de la ficción no-realista (y otras definiciones del género). 

link_iconEl audio de este programa puede escucharse aquí (primera parte), (segunda parte).

Equipo que presenta “Efecto Mariposa”, de lunes a viernes de 14 a 16 horas en CX26 Radio Uruguay (Radiodifusión Nacional del Uruguay), 1050 AM y una red de repetidoras en el interior del país. De izq. a der. Carolina Molla. Daina Rodríguez, Alberto Gallo, Gabriela Giudice. (Foto: Efecto Mariposa).


La elección del tema en “Efecto Mariposa”, no fue casual.

Unos días antes, el 14 de junio de 2016, varios medios de prensa informaban sobre el extraño supuesto caso, ocurrido el 11 de junio, de una joven muchacha, en el que, según su propio padre, adujo ser interceptada por “una señora [que] le pidió a la joven que la ayudara con su celular y, si bien no llegó a tocar el aparato, comenzó a sentirse mareada, por lo que decidió pedirle ayuda al conductor del ómnibus.

(Foto: Subrayado)

El chofer le pidió que se sentara y no bajara del vehículo. En ese momento vio que la mujer y otro hombre se bajaban rápidamente del ómnibus. La joven se quedó en el vehículo, un 180 con destino a Plaza España, hasta que llegó a destino. Allí la esperaba su madre, quien la llevó a un centro de salud y posteriormente a elevar una denuncia a la Policía.

El padre argumentaba que ha oído casos de trata de personas en los que las jóvenes son secuestradas luego de drogarlas con una sustancia impregnada en el aparato.

audioiconLa joven divulgó un audio contando lo sucedido. (Incluido en una nota periodística del informativo Subrayado, SAETA TV Canal 10. 14/06/2016)

El caso sin embargo no pudo comprobarse definitivamente. Según informó el diario “El País” en su edición del martes 14 de junio de 2016:

La historia que difundiera la empresa Cutcsa ayer, de una joven aparentemente drogada en un ómnibus, es muy similar a denuncias que suelen repetirse en redes sociales y audios de Whatsapp, tanto en Uruguay como en otros países de la región, desde hace años. Los relatos siempre mencionan individuos que se acercan a las víctimas y le piden ayuda para ver un número o un dato en un celular. Al tocar el aparato, las víctimas comienzan a sentirse mareadas, lo que permitiría concretar el secuestro o robo”.

La propia policía, tomó declaraciones a la mujer que supuestamente intentó drogar a la jóven. Finalmente, “la mujer dijo que no sabía de que le hablaban y que iba en el ómnibus del que se bajó para ir al Casino Victoria Plaza. En tanto el hombre identificado por la joven, era un trabajador de la zona que descendió para ir a la empresa donde trabaja. Paralelamente los exámenes de laboratorio realizados a la joven denunciante arrojaron resultados normales”(…) El caso aparenta ser uno más, parte de “un fenómeno que desde la medicina llaman de “infodemia”, a la que definen como información sin base suficiente, que circula a través de las redes sociales y se viraliza como una epidemia. (Nota de “La República”, 16/06/2016).

El Ministerio del Interior aclaró finalmente,  “que no está comprobada la existencia de imagen que respalden una denuncia hecha por la empresa Cutcsa sobre un incidente ocurrido arriba de un ómnibus en el que habrían intentado drogar a una joven”. (Nota de Montevideo Portal).

El periodista Leonardo Pereyra, de “El Observador”, en su columna “Historias Mínimas”, del 21 de junio de 2016, abordó interesantes conceptos en “La verdad detrás del cuento del celular y la burundanga”. (leer la nota).


Otros mitos o leyendas urbanas relacionadas con la Radio.

En ese programa  de “Efecto Mariposa” también se mencionó el caso de otro mito o leyenda urbana.

¿Es posible que una persona haya podido escuchar emisiones de radio por causa de una emplomadura en un diente?.

Lucille Ball, (EE.UU. 1911-1989). Famosa actriz de radio y televisión, protagonista como la pelirroja comediante (en realidad era de pelo oscuro natural), que actuó en programas de televisión populares como I Love Lucy, The Lucy Show, y Here’s Lucy. Fue una de las estrellas de comedia más influyentes en la historia de EE.UU.. Lucy fue la primera mujer al frente de un gran estudio de televisión, la primera en filmar en película ante un público en vivo (con múltiples cámaras), y la primera en utilizar sets o platós de lado a lado para sus shows – Es leyenda en la historia de los programas de televisión en el estilo de  comedia.

El relato más sonado involucró a la recordada actriz de televisión Lucille Ball, famosa por su show televisivo de los 60s “El Show de Lucy”.

La historia cuenta que Lucille Ball apareció en una entrevista en “El Show de Dick Cavett” en 1974 hablando de su historia personal.

Entre otras cosas, Ball  reveló que lo más curioso que le ocurrió en su vida, fue cuando después de hacerse algunos trabajos dentales y de colocar rellenos de plomo en sus dientes, comenzó a escuchar estaciones de radio en su cabeza.

Explicó que una noche al llegar de su casa, al pasar por cierta área, escuchó lo que ella pensaba que era un código morse o un «golpeteo».

Afirmó que “mientras más me acercaba era más fuerte”.

Y agregó:

“A la mañana siguiente, informé a las autoridades y después de realizar una investigación, encontraron un transmisor de radio japonés que había sido enterrado y que estaba activado para transmitir códigos a los japoneses”. ²

En 1942, durante los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, los ciudadanos de Estados Unidos localizados a lo largo de la costa del Pacífico vivían en constante temor de una inminente invasión japonesa (un submarino japonés ya había sido visto cerca de la costa principios de ese año).

Durante la ola de pánico (unos pocos años antes de que empezara el rodaje de I Love Lucy), Lucy tenía varios empastes dentales temporales instalados en sus dientes.

Más tarde ese día, mientras conducía a casa desde MGM a su finca en el Valle de San Fernando, escuchó un sonido extraño, que ella pensó en un principio era música. Se aprestó a apagar la radio y se dio cuenta de que no estaba encendida.

Foto: threadforthought.net

La música se hizo más fuerte y después de torcer y girar en el coche para determinar el origen, se sorprendió al darse cuenta de la música venía de la boca. De acuerdo con Lucille Ball:

“I even recognized the tune. My mouth was humming and thumping with the drumbeat, and I thought I was losing my mind. I thought, ‘What the hell is this?’ Then it started to subside.”

“Incluso me reconocí la melodía. Mi boca era zumbido y golpeando con el toque de tambor, y pensé que estaba perdiendo la cabeza. Pensé, ‘¿Qué diablos es esto? “Entonces empezó a disminuir”.

Foto: metv.com

Lucy llegó a la casa y mientras se metía en su cama, se preguntó si debía decirle a alguien máse lo que había sucedido.

Al día siguiente, Lucy contó la experiencia al actor Buster Keaton. Keaton se rió, y le explicó a Lucy que ella estaba recibiendo las señales de televisión a través de su nuevo trabajo dental. Explicó que lo mismo le había sucedido a un amigo suyo y que no había nada de qué preocuparse. Lucy no pensó más en ello – hasta que el asunto volvió a repetirse.

Una semana después de su primer incidente, Lucy conducía a casa desde los estudios de la MGM (a lo largo de una ruta diferente), cuando su boca comenzó a “saltar”. Inmediatamente reconoció que el sonido no era música, sino más bien, señales del código Morse.

A medida que continuó por la carretera, el sonido comenzó a desvanecerse. Lucy detuvo el coche, y dio marcha atrás, teniendo en cuenta que el sonido se hacía más fuerte y más fuerte. Hasta que llegó a cierta casa. (La ubicación de la casa nunca fue revelada al público).

Foto: threadforthought.net

Al día siguiente, Lucy le contó el incidente a un guardia de seguridad de la MGM. Pensando que era suficientemente digno de considerarse sospechoso, el oficial llamó a las autoridades (Lucy creía que era el FBI) y se dirigieron a la casa donde Lucy dijo que la señal de código Morse era más fuerte. Al efectuarse el registro de los ocupantes, las autoridades -siempre en el relato de la actriz- encontraron una estación de radio japonesa subterránea secreta.

De acuerdo con Lucy:

“It was somebody’s gardener, but sure enough, they were spies.”

“Era el jardinero de alguien, pero seguramente eran espías.”

Por extraño que suene la historia, la popular artista la dijo durante un segmento en tono serio en el programa de Dick Cavett. Fue una entrevista en la que Lucy contó muchas otras historias de su vida – algunas felices, otras tristes, y éste relato desconcertante.

La historia fue reiterada por Lucille Ball ese mismo año, con Ethel Merman, que trabajaba en una obra musical de Cole Porter, en la que actuaría varios años más tarde.

Durante su vida, Lucille Ball nunca se retractó de la historia. ³


Recibir señales de radio detectadas a través de los empastes dentales – al parecer ha sido una experiencia dolorosa para algunos. Véase el caso siguiente:

En 1995, David Bartolomew, radioaficionado WB6WKB, contó la historia de una experiencia similar a la de Lucille,  que lo dejó en un gran dolor.

“[El fenómeno] es real. Asistí a una jornada de instalación de equipos de radioaficionado para el tradicional “Field Day” hace un par de años,  organizado por el Westside Amateur Radio Club, en Los Ángeles. Tenían una de sus estaciones dentro de un remolque, y la radio tenía un sintonizador de antena automático. Bueno, alguien no conectó bien la TIERRA. Estaba dentro de la cabaña, a una distancia de la radio cuando el operador dijo: “Bueno, la banda de 15 metros está muerta; vamos a ajustar el equipo para cambiar a la banda de 20. “Hizo el cambio de banda en el equipo y apretó el pequeño botón de”Automatic Tune”. La radio comenzó a zumbar a medida que el sintonizador se puso a trabajar. Y, de improviso dejé escapar un grito cuando uno de mis dientes, que había sdo restaurado temporalmente con una emplomadura, de repente se sentía como cuando un dentista lo estaba perforando en el consultorio, ¡pero sin anestesia! Salí corriendo del lugar pronunciando obscenidades, y el dolor desapareció tan pronto como salí del área. No hace falta decir que no estuve cerca del shack de trasmisión durante el resto de la competencia”. ³

“Cazadores de Mitos”, el popular programa de la televisión, desmistificó en 2003, el pretendido caso de Lucille Ball: “Los rellenos de amalgama u oro de los dientes, no actúan como antena o como transistor de juntura, detectando, rectificando una señal de radio, cuando se ubican en un cráneo humano real. Ni tampoco mediante la reacción galvánica entre la saliva y emplomaduras para una supuesta captación de código Morse”.


LA RADIO QUE SE ESCUCHA DONDE SE SUPONE NO DEBIERA APARECER.

Aunque no son parte de leyendas urbana o mitos, las emisiones de radio pueden eventualmente, bajo ciertas circunstancias, ser captadas por ciertos dispositivos como por ejemplo el teléfono o un amplificador de audio.

Este problema ocurre en circuitos no suficientemente protegidos ni diseñados para captar ondas electromagnéticas circundantes y procedentes de trasmisores de radio potentes y próximos.

“Es una de las pequeñas irritaciones de la vida -contesto mi teléfono, y la persona en el otro extremo se parece mucho a Elvis. Entonces me di cuenta de que una estación de radio local de AM está transmitiendo una canción de Elvis, que está siendo recogida de alguna manera por mi teléfono y compitiendo con la persona que escucho en mi oído”.³

Ha ocurrido con algunos radioaficionados, que han terminado saliendo por el parlante del televisor del vecino o alguna red de parlantes. Muchas veces, es la mala calidad de la antena del televisor, o su circuito de entrada, y la culpa no es del todo del radioemisorista.

El desgraciado caso del Dr. Raúl Vidart, CX5DY.

Dr. Raúl Vidart, CX5DY, radioaficionado, odontólogo, vecino de El Sauce, docente, co- fundador y Director del Liceo de la ciudad. (Foto Liceo Sauce 1

Un caso infortunado, sí que dramático, ocurrió un día feriado, a fines de los 70 o principios de los 80, en Uruguay, con el radioaficionado Raúl Vidart, CX5DY, odontólogo de profesión, quien vivía en la localidad de El Sauce, Departamento de Canelones.

Era época de dictadura cívico militar, que rigió en el país, con el Dr. Aparicio Méndez al frente del gobierno de facto:

blockquoteEra un gran tipo Raúl Vidart, “CX5 Digo Yo”

Un caballero del éter  como se decía.

Se “comió un garrón”, porque un 19 de junio (fecha patria que conmemora el nacimiento del héroe nacional, José Artigas) los militares hicieron un acto en la plaza de El Sauce.

Y su casa estaba a la vuelta… tenia una antena cúbica que se veía de todos lados.

En el momento en que hace uso de la palabra Aparicio Méndez, entonces presidente del gobierno cívico militar, Raúl estaba, según el mismo contó, comunicando en 15 metros con un amigo en Europa. Él viajaba seguido a Europa con la esposa.

Obviamente el audio distorsionado de la transmisión de Banda Lateral Unica de su equipo “Collins”, se metió por la red de parlantes, provocando interferencia en las palabras del sátrapa de turno.

Contaba que no se había percatado de nada, ya que jamás había tenido problemas con los vecinos ni en su casa en ese sentido.

No pasaron ni 5 minutos en que sintió como tiraban abajo la puerta y relataba, años después, como entraron “envenenados” a la casa, a los gritos y empujaron a Blanquita, su esposa, a lo que saltó  en su defensa, uno de los hijos estudiante de Veterinaria.

Lo bajaron a culatazos y arrancaron -así  como leen- arrancaron los equipos de donde estaban colocados.

El Dr. Vidart conservó en su casa, años después de ocurrido el desgraciado hecho, aquel enchufe destruído que nunca reparó en recuerdo de ese terrible momento.

Se llevaron los equipos; también a su hijo, por el agravante de ser estudiante… y a él también, por supuesto, ambos encapuchados.

Estuvieron algunos años detenidos en el penal de Libertad.

Raúl, hoy reside en Paraguay y ha visitado Uruguay  hace unos años. Era amigo del recordado político,  Hugo Batalla, que luego fue diputado por el “Nuevo Espacio”. 

  • Testimonio relatado por el Dr. Gustavo Frontini, CX2AM.

Otros cuentos refieren a  señales de radio recogidos ¡a través de los mástiles de los barcos!

En New Scientist, una pregunta de un lector se refirió a esto, con respecto a un incidente en el que el marido y la mujer escuchaban “voces en sus cabezas”, mientras navegaban en un barco. Según Jenny Pollock, de Nelson, Nueva Zelanda:

    “En 1980, mi marido y yo zarpamos de Nueva Zelanda a Hawaii, ida y vuelta. El otro día nos confesamos mutuamente que, en las noches tranquilas en el medio del océano cuando había muy poco viento y por lo tanto muy poco ruido de los barcos, se podían oír voces que venían del mástil. Estas voces eran tanto de hombres como mujeres, pero no podía entender lo que decían. Los dos estábamos bastante sobrios y no estabamos bajo situación de estrés. ¿Alguien puede explicar esto?.  Nuestro mástil es de aluminio y los estays están hechos de alambre enrollado “. 

Y aquí una de las respuestas: “Las voces que la pareja escuchó, fueron ondas de radio que estaban siendo captadas por la disposición del mástil y el estay. O bien, el mástil o el casco estaban actuando como un altavoz. Cuando era un niño, mi familia y yo escuchamos las emisiones de radio en las noches a través de nuestro calentador de agua. Los tubos actuado como la antena y, o bien el propio calentador, o la pequeña habitación que se encontraba, actuaron como el orador “. ³

No muy creíble, ¿verdad?.


La antena embrujada

Mucho antes, en 1927 un radioaficionado uruguayo Ricardo Lüdecke (h) contaba la siguiente experiencia, que podría explicar el caso anterior:

blockquoteAl escribir estas líneas no me induce otro motivo que el de desencantar a muchos creyentes en fenómenos del más allá.

Es bastante corriente oír atribuir hechos relativamente sencillos a fenómenos misteriosos e inexplicables, no sólo por personas de escasos alcances sino que muchas veces por tales que debido a su preparación y erudición aparentan estar al margen de esos cuentos. 

La ola espiritista europea que a diario cuenta con nuevos adeptos, quizás esté extendiéndose hasta nosotros, (¿quién puede saberlo?).

Corría el mes de junio de 1925. Como de costumbre, estabamos reunidos en casa unos cuantos amigos en torno de una mesa grande y conversando sobre todos aquellos temas tan corrientes entre aficionados a la radio y la electricidad. El tema estaba algo gastado y la conversación perdía animación, hasta que -no recuerdo quién de nosotros- sacó a luz cierto
artículo, aparecido meses antes en Revista Telegráfica y que versaba, si mal no recuerdo, sobre ciertas observaciones efectuadas en un pueblo de campaña, en el cual un anciano afirmaba escuchar coneiertos y voces estando recostado en determinada posición en su cama.

De inmediato animóse el debate. Los resultados de las investigaciones dieron a conocer el heeho asombroso de que efectivamente dicha persona oía musica transmitida por radio,  careciendo de todo aparato receptor.

Las opiniones entre nosotros eran variadas, sin embargo nadie se atrevió a negar rotundamente el hecho.

Lo avanzado de la hora, la noche cruda de invierno y el atractivo innegable que ejerce todo hecho que aparentemente se desarrolla al margen de lo comun,  nos influenciaban inconcientemente a tejer mil suposiciones distintas, a mano de los hechos conocidos, sin llegar empero a conclusión satisfactoria para todos.

Uno de los muchachos, admirador ferviente de Flammarion, establecia parangones entre ondas hertzianas y efluvios psíquicos, pretendiendo demostrar, de que el día que llegásemos a desarrollar suficientemente ciertas células cerebrales, de tal suerte, que éstas fueran para dichos efluvios, lo que la válvula electrónica para la radio, se resolvería definitivamente el ansiado problema de la transmisión del pensamiento, facilitándose además la comunicación directa con los espirítus de nuestros antepasados. 

Tras esta disertación nos reímos de buena gana y esta risa obró milagros en nuestros ánimos, pues nos hizo volver a la realidad y todo el encanto de aquel cuarto de hora se disipó de un soplo.

El único punto en que todos estábamos de acuerdo era en lamentarnos de que no se nos presentara un caso semejante al narrado, para poder analizarlo personalmente; y ninguno de nosotros soñó siquiera con que pocos dias más tarde estaríamos frente al problema ansiado, que por cierto nos costó unas noches de desvelo e impaciencia, para luego desilusionarnos y fortalecer nuestra convicción de que debe desconfiarse de la veracidad de
hechos similares, aún cuando los protagonistas obren de toda buena fe, pero ignorando la verdadera fuente de lo que para ellos parece sobrenatural o por lo menos inexplicable.

La narración que va a continuación es absolutamente verídica y si carece de interés, por lo menos tiene la virtud de ser real.

A los pocos días de habernos reunido, o para ser exacto, el 13 de junio de 1925, coloqué una antena, aprovechando el gentil permiso de un vecino, que posee casa de altos, que linda en los fondos con la nuestra.

Sus características son las siguientes: altura sobre la azotea 8 metros y medio, caño de hierro galvanizado, longitud 24 metros, bajada en T; y en los primeros días, lo único que llamaba la atención eran su esmalte blanco y dos gallardetes rojos y blancos que flameaban acariciados por la brisa.

El mástil en casa del señor L., tiene 5 metros y está sujeto por tres vientos de alambre de acero delgado; su aspecto general es más o menos como la figura. 

Era una antena de gran capacidad que utilizaba entonces para la recepción a larga distancia para receptores de eristal, sobre lo cual menciona un artículo de Revista Telegráfica de 1925.

Mas tarde fue modifieada y aún está en la y2BN. Aquella noche, escuché un rato y luego salí. Al día siguiente, me encontre con mi amigo Luis L.,{ex-
compañero de estudios e hijo del señor L. en cuya azotea coloque la
antena.

—«Te felicito por lo bien que recibiste en altoparlante», me dijo.
Asombro de mi parte y explicaciones. Le asegure que estaba en un error
pues solo había estado recibiendo un rato con teléfonos.

—«Y entonces… ¿como es posible que mamá haya oído música y canto?»

«Algún concierto en el vecindario, sugerí, o algún gramófono, vaya uno a saber… ¿o no sería quizás ilusión?… creyendo que estaba recibiendo en altoparlante ¡no sería dificil confundir algún ruido por música!». 

No muy convencidos, nos separamos ese día. Pasaron los dos siguientes sin novedades, pero en la noche del 16, tormentosa y fría, los diablillos que se propusieron divertir a costillas nuestras, hicieron otra de las suyas.

Serían las once más o menos, acababa yo de acostarme, cuando llaman  a la puerta y entra Luis apurado y sofocado:

 —«Ahí esta otra vez la música, esta vez la oyeron también papá y mi hermano; dicen que es como un conjunto de sonidos intermitentes y se oyen mejor en el dormitorio de mamá, que en el resto de la casa. No provienen de afuera, pues al abrir la ventana no se oye tan fuerte». 

«Pero — dije — no es posible, si ni siquiera tengo conectado el receptor».

—«Y sin embargo es así, ire a casa a tratar de escuchar yo también y mañana hablaremos».

Dicho y hecho. Al dia siguiente fui a casa de Luis y ya se comentaba entre la muchachada el asunto. No faltó quien diera la nota cómica;

—«Che Ricardo, colocame un palo de esos en mi azotea, pero que se oiga sin darle vuelta a la manija*. «¿Por qué no cobra entrada para ver el fenómeno?».

—«Lo que oyeron fue a la gata del almacenero que tuvo cría»… etc.

En lo de Luis inspeccionamos detenidamente antena y azotea, mientras comentabamos el caso: 

—«Seria media noche, comenzó éste, cuando me pareció oir fuertes aplausos, luego silencio y unos sonidos suaves, desafinados, semejantes al lloriqueo de un serrucho mal tocado, nuevamenle aplausos interminables, eso fue todo. El viejo dice que van dos noehes que no duerme tranquilo y
mamá, es la que mejor oye todo».

En vano, tratamos de oír algo ese día. Durante las horas diurnas no se nota nada, sólo en el silencio de medianoche y madrugada aparecían los
sonidos que emitía la antena encantada, lo que -por lo pronto- demostraba
que se trataba de sonidos débiles, perceptibles solamente al oído aguzado. 

Descartando una eventual broma de vecinos y sabiendo que la música no provenía de afuera, quedaban estas soluciones:

1° Que se tratara de ruidos casuales.

2° Que fuese todo fruto de la imaginación, favorecida inconcientemente por el deseo de oír algo, atribuyéndose sonidos y aplausos a cualquier ruido de la calle.

3° Que se tratara de sonidos de origen mecánico, es decir, ocasionados por lluvia, viento o movimientos intencionales.

Esta última suposición fué la más probable, ya que las noches eran tormentosas y lluviosas.

Resolvimos que Luis observaría si los sonidos concordaban con golpes de viento o lluvia en las noches subsiguientes.

El resultado nos desorientó algo, pues había momentos en que se oían
sonidos prolongados con viento débil, otras veces aplausos con mucho y otras en que el viento sud soplaba fuertemente, sin que se oyese nada.

El lector ya habrá adivinado cuál era el motivo de todos estos aparentes misterios.

Por cierto que con más viveza hubiéramos encontrado la solución enseguida pero no le habíamos dado mayor importancia al gallardete!! y todo quedó aclarado.

El viento hacía vibrar al sistema rígido compuesto por antena y tensores de acero fino, que hacían las veces de cuerdas de un arpa. Efectivamente así lo observamos haciendo vibrar intencionalmente a los tres vientos. La presión variable de la antena ocasionada por su vaivén al viento, daba por resultado sonidos variables, claramente diferenciables y aunque discordantes en grado sumo podían por momentos ocasionar la ilusión de canto, máxime estándose bajo la sugestión de los hechos mencionados.

Sucedía al oído lo que a muchos con la vista… que en la penumbra creen distinguir sombras fantásticas, debido a un exceso de imaginación.

Eso en cuanto a los sonidos, pues los aplausos los ocasionaba el fuerte
flameo del gallardete y si estos eran intermitentes, callando hasta algunas
noches, se debía sencillamente a que el gallardete se enrollaba sobre el
mástil, quedando mudo, y ese fue el motivo por el cual nos engañamos al
revisar la antena.

Desde que quitamos el gallardete, aflojamos los tensores y acolchonamos la base del caño, no han vuelto a molestar a nadie los ruidos inexplicables que quitaron el sueño por una semana a los estimados vecinos L., siendo además el tema obligado de muchos en la Aguada.

¡A cuántos aficionados no se les presentarán casos semejantes! Con tomar la pluma, redactarlos brevemente y darlos a conocer, muchas dudas al respecto serían eliminadas.

Montevideo, diciembre de 1926. Publicado en Revista Telegráfica, Buenos Aires, Argentina. 


El extraño caso de la puerta de la “Maltería Oriental”

Según cuenta, también, el Dr. Gustavo Frontini, CX2AM

blockquoteHace años, más o menos por 1995,  el Centro Radioaficionados Montevideo había conseguido permiso para instalar las repetidoras de V y UHF de esa institución en la maltería que está en Camino Uruguay, en las proximidades de la ciudad de La Paz, Canelones.

Las instalaciones de la Maltería Oriental. (Foto MVOTMA).

Ahí es la Cuchilla Pereira, que dicen que está a 90 m sobre el nivel del mar.

De manera que, sin dudarlo, allá marchamos con ambos aparatos y sus duplexores, caseros, todo hecho una parte en el club y otra en el taller de Manuel Castelo, CX9BT  y una antena dual Diamond 510 N. 

La cuestión es que, de primera, nos registramos en la entrada. Nos dieron un casco y arrancamos hacia uno de los edificios, de 5 o más pisos; tal vez muchos más, si lo comparamos con uno de apartamentos convencional, ya que allí, cada piso tiene una altura como de 10 metros.

Al llegar un veterano nos dice…”¿Ustedes van a subir al techo?… se rió. …No vayan a tocar la puerta que habla”.

Nos reímos y le dimos gracias por el consejo… pero insistió “¡En serio!. Los que oyen y tocan la puerta tienen una maldición”.

Lo tomamos como la típica broma de fábrica, donde te hacen ir a buscar el martillo de dos golpes, o te hacen quedar “pegado” con el capataz o la chica linda …no dimos “bola” y subimos…

Efectivamente, ocurrió al llegar a mitad del recorrido, primero en ascensor y luego como 3 pisos más por escaleras muy empinadas que, al llegar a ese lugar, se oía claramente algo similar a gritos o lamentos.

Por supuesto que nos detuvimos a ver qué era eso que, a intermitencias,  emitía sonidos y no era el viento…

La conclusión que sacamos posteriormente y confirmamos fue que, ni mas ni menos, por alguna razón, ese trozo de metal oxidado resonaba con CX12  Radio Oriental.

Nos tocó ir un sábado de tarde que había fútbol y en esos casos la emisora aumentaba la potencia y ahí era muy nítida por momentos la voz del locutor.

La voz se oía a intermitencias tal vez porque al moverse tocaba otra cosa y se generaba un efecto de radio a galena… digo yo.

La cosa es que… pensemos en un funcionario que no tiene idea de electrónica ni de radio ni nada y está sólo, en esa inmensidad, y oye algo así ininteligible por momentos… sin duda, por lo menos, imagina fantasmas..  y si encima algún “jodón” le “da púa”, se pone nervioso.

Al volver, el veterano ansiosamente nos preguntó si nos asustamos y se reía. …cuando le explicamos nuestra versión se rió más y nos dijo que estábamos locos. 

 

Esta entrada fue publicada en 1927, 1947, 1974, 1980s, 1995, 2016, actor, antena, Audios, Comunicación, Documentos, EE.UU., entrevista, Frases, Investigación, Notas de prensa, radio, Radio Aficionados, Radioafición, Radioescucha, radiotelegrafía, Receptores, Teléfono, Telegrafía, Televisión, Uruguay y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Cuentos, mitos, leyendas urbanas y otros relatos sobre la radio escuchada en lugares no convencionales.

  1. ¡EXCELENTE NOTA. Gracias por el esfuerzo de compartir este material con todos nosotros!.

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