“Discjockeys”. (por Fernando Ainza, Gaceta de la Universidad, Montevideo, Uruguay, 1963).

DISCJOCKEYS. POR FERNANDO AINZA (Fotos de Mario Tolosa).

Con un entusiasmo no siempre compartido por el oyente, acompañando cada anuncio de nuevos discos de una verba salpicada de anglicismos, con acento vagamente centroamericano, un nuevo tipo de locutor de radio —el “discjockey”— acaba de imponerse definitivamente entre un vasto sector de jóvenes capaces de seguir hora por hora “rankings”, “discódromos”, “cintas de oro” y toda una jerga “musicaidista” manejada, a su vez y en sus sus mejores equivalentes idiomáticos, por el “fan” norteamericano. Efectivamente, toda una apacible tradición de la radiodifusión uruguaya —el programa musical que pasa discos intercalando tandas de avisos— está pereciendo en nombre de los “programas promocionales” y la supervivencia del “voseo” habitual de nuestros locutores en algunas ondas del extenso dial, no hace más que ratificar el hecho de que una nueva época de la breve historia de la radio está siendo acaparada por lo que no fue, hasta ahora, más que una parte de la radiodifusión: el disco. Pero, lo más importante de este proceso, es que el primer destinatario del programa anunciado con acento peruano, marcados “tus” y erres y elles arrastradas, es el adolescente y su inestable y cambiadizo gusto musical.

Todo —avisos, textos, ritmos, premios, promociones musicales— está dirigido a captar y
orientar al oyente adolescente, hacerlo un consecuente comprador de novedades y un eficaz propagador —“tarareo” mediante— del ritmo que, grabadores y emisora que se han propuesto imponer. No importa si el “discjockey”, hablando el castellano como podría hacerlo un norteamericano empeñoso, ha nacido en Rocha (Rodríguez Tabeira), en San José (Carlos Píriz) o en la montevideanísima Aguada (Raimundo Soto); lo importante es llamar la atención, seguir una corriente publicitaria nacida en los E.E. U.U. y hacer del alumno liceal un integrante del Club de “las Aguilas Blancas”, un bailarín de “twist” y un consumidor del “espacio” radial en abierto conflicto con el televisado.

  • “Aquí, Dick Clarck, de costa a costa”.

Cuando la televisión estuvo lo suficientemente difundida en los Estados Unidos como
para que fuera ya indiscutible su éxito, más de un comentarista y observador norteamericano se permitió vaticinar la desaparición paulatina de las emisoras de radio. Objetivamente, la televisión acaparaba todos los géneros radiales con la ventaja de retransmitirlos a través de dos sentidos —la vista y el oído— y, poco a poco, en un proceso suficientemente divulgado, informativos noticiosos, radio-teatros, concursos y programas varios de fono-platea, encontraron su equivalente mejorado en los canales de televisión. No quedaban dudas: la imagen estaba devorando al sonido.

Sin embargo, cuando todo parecía estar perdido y una industria, otrora floreciente, como
la del disco se tambaleaba, un oscuro locutor de una emisora del Oeste americano, empezó a comentar los rutinarios programas de discos y a lanzar las novedades de las grabadoras, precedidas de rimbombantes avisos y de vaticinios de éxito que, por la simple repetición y
el entusiasmo con que eran hechos, empezaron a cosechar el primer resultado esperado: la
curiosidad del oyente. Dick Clarck —hoy en dia un nombre capaz de lanzar en una noche
a la fama a un anónimo cantor— empezó a organizar en grande sus programas promocionales. En combinación con las empresas grabadoras, con otras emisoras con las cuales llegó a formar el famoso programa “de costa a costa” (repetido aquí por CX 12, Radio Oriental), Dick Clarck, a través de sus tres horas de comentarios, consejos y breves avisos (“una marca, a todo lo más dos, repetida sin énfasis, casi imperceptiblemente, es la fórmula del éxito, declaraba hace poco), resucitó un interés por las novedades del surco y ganó un comprador desconocido para el disco: el menor de veinte años. Para ello, él y quienes lo siguieron en la idea, no dudaron en cuanto a los mejores métodos de captación. Se crearon “clubes” de admiradores de los cantantes promovidos, se fomentó el sensacionalismo que ya había rodeado a las estrellas cinematográficas, se instó al baile a través del disco más que por orquestas o conjuntos desconocidos, y se fabricó un vocabulario no siempre acorde con la gramática del cual damos, en su versión castellanizada, una muestra aparte.

Al mismo tiempo que el “discjockey” como agente de las grabadoras se propone imponer una melodía, debe saber auscultar las preferencias del público que lo escucha y detectar en qué medida lo que él propone como un “éxito” lo es en la realidad. Los “rankings”, los “discódromos”, todo lo que permite una participación del oyente (y con ello se halaga, también. el gusto por contribuir a decidir y a elegir que tiene el público desde la misma época de los pulgares hacia abajo o hacia lo alto del espectador del circo romano), es fomentado entre esa misma juventud y los méritos de músicas y cantantes se empiezan a medir por cifras “records” de ventas, por “votos” y por una compleja escala de “los mejores” que, teóricamente, elaboran los oyentes.

  • La ventaja de ser peruano.

Pero, hasta 1954, al margen de algún programa en idioma castellano que trasmite en onda corta “La Voz de los Estados Unidos” para estas latitudes, la promoción del disco, elaborado en origen, llega muy atenuada y apenas es perceptible en las visitas de los artistas a nuestro medio. La juventud no es, todavía, como declara ahora un empleado del Palacio de la Música, ese codiciable “85 % de los compradores de discos”, como lo es en otros países europeos donde “el mercado del disco está dirigido por las preferencias de los menores de veinte años”. Sin embargo, un día del mes de abril de ese año, un locutor de acento peruano, empieza a comentar discos por Radio Carve (CX 16), a presentar novedades y repetirlas para un auditorio de adolescentes en nombre de los cuales organiza un club, apadrinado por la firma comercial que lo presenta, y se granjea una curiosa popularidad. Hugo Guerrero Martineitz habla un lenguaje nuevo en la radio que no sólo radica en su pronunciación de las palabras, sino en los mismos términos utilizados; hay jóvenes con discomanía, hay un discosemana a presentarse, hay un discogrande, un discoéxito, hay un premio a otorgar, el “discómetro” de oro, hay popularímetros que miden los sucesos, hay —en resumen— “un programa disquero” para los discomaníacos a inventarse, improvisarse entre una masa de adolescentes dispersos que hay que aglutinar en una común e increíble admiración por Elvis Presley, Pat Boone, y, posteriormente, por el “rock-and-roll”.

Agitación dominical en el Discodromo Sarandí.

El discjockey (en Perú se le llama “montadiscos”) necesita seguir hablando con un acento diferente y los Imitadores nacionales que van apareciendo, a partir de 1951, especialmente Nolo Mainero con “Música en el aire’’ en CX 8 Radio Sarandí, preceden su aparición en la sintonía de un cuidadoso aprendizaje de la pronunciación “del Pacifico”. A su vez, el apellido de un chileno —Rodríguez Mata— creador, con éxito, de los “hit parades” en el Río de la Plata, parece obligar a los locutores uruguayos al apellido “Rodríguez”: Rodríguez Cabanillas, Rodríguez Tabeira, Rodríguez Roque, etc…. Sin embargo, pese al entusiasmo y al sensacionalismo con que se promovieron las novedades norteamericanas, una apatía bastante característica del uruguayo, siguió a los primeros esfuerzos por Imponer el sistema ya exitoso en otros países de América Latina. Tal como ahora lo recapitula en una entrevista, el discjockey Raimundo Soto, “fue necesario el escándalo del rock-and-roll para entusiasmar a los jóvenes”. La primera película musical de ese ritmo, proyectada en el Cine Plaza y con la presencia de Bill Haley, fue promovida con habilidad. Grupos de adolescentes irrumpieron en el cine (noviembre de 1956), armaron un baile improvisado bajo la misma pantalla donde Bill agitaba su guitarra eléctrica y ensenaba los pasos desconocidos de ese baile de origen remotamente irlandés (la “jiga”) y deformado por una tradición de vaqueros norteamericanos. Todos los días, espectadores sorprendidos veían repetirse el espectáculo de las mismas parejas que aseguraron a la prensa “seguir la película hasta el mismo Cerro”. De allí, a los clubes improvisados de “admiradores del rock-and-roll”, con sede en Pocitos y con bailes organizados en los salones del Hotel Ermitage, sólo medió el paso que esperaban con ansiedad los discjockeys. Ahora, los bailes estudiantiles o, simplemente, juveniles, dirigidos y animados por los mismos discjockeys radiales son moneda corriente, (ej.: Rodríguez Tabeira animando todos los bailes estudiantiles de Carnaval en el Hotel del Prado) y el apellido del animador importa tanto (o más) que el nombre de la orquesta presentada. Pero, entonces, y el hecho se pudo comprobar entre la juventud de liceo y preparatorio, los “admiradores del rock-and-roll” supusieron todo un espíritu improvisado y desconocido, traducido rápidamente, en actitudes, vestimenta, peinados, incluso en modos de pensar. El control de los adultos en ese mundillo de jóvenes agrupados por un ritmo era prácticamente Inexistente, abriéndose, por consiguiente, las compuertas de un espíritu que los más pesimistas llamaban “patotero” para los hombres y “prostituído” para las mujeres. “No ha habido problemas —declara ahora Raimundo Soto—. Ningún rockandrollero de 1957 ó 1958, lo sigue siendo ahora. Nadie puedo seguir a un discjockey más de los años correspondientes a su primera juventud. Luego todos se vuelven serios y respetables. El rock no fue para ellos más que una gimnasia, un deporte”.

Todo discjockey tiene para su profesión una justificación elaborada a la sombra de la necesaria promoción de las empresas grabadoras que, a partir de 1960, se instalan en nuestro medio y que agrupa la Cámara del Disco: “Entretenemos a una juventud que, (tal vez, si no fuera por nosotros andaría vagando por las calles”. “Creamos un Interes por la música popular que, luego, puede transformarse en un sentir la música culta”. “Divertimos, entre sus horas de estudio, al joven liceal”; justificaciones que no siempre encuentran su respuesta equivalente en la realidad. A este efecto se señala la desagradable impresión de ver llevada a la imagen televisada lo que es un éxito de la radio, en el caso del “Discodromo Sarandí”, que dirige Rubén Castillo. Ver a los adolescentes y jóvenes de pantalones ajustados, pelo echado sobre la frente, buzos y camisas llamativas, a las chicas, apenas surgidas de la pubertad, retorciéndose al ritmo del “twist”, en un ambiente heterogéneo, no es lo mismo que oír el comentario de todos los mediodías del conocido discjockey.

  • Los éxitos viajan por teléfono.

La mejor manera de medir los éxitos en nuestro medio sigue siendo el teléfono y las cartas que, todos los discjockeys, proponen a sus radioescuchas. Diariamente, cientos de llamadas telefónicas se distribuyen entre todas las radios que tienen programas “disqueros”.

“Ochocientas treinta y cinco en una hora, a través de cinco líneas telefónicas ha sido mi record de audiencia mayor”, asegura un discjockey de CX36, Radio Centenario.

Para interesar al oyente a llamar solicitando su “favorito”, hay diferentes métodos. Sorteo de discos, cómputo de “favoritos” en “rankings” reproducidos, luego, en las columnas especializadas de la prensa, o el sicológicamente eficaz recurso de grabar la voz de quien llama y pasarla, después, conjuntamente con el pedido (“Aquí está su disco” de CX20).

Por otra parte, hay cupones en los diarios para Intervenir en “los medidores del suceso” que, por ejemplo, “Acción” publica todos los martes (“el popularímetro”) y “El País” los días viernes (“ranking oriental”) y buzones en todas las emisoras para depositar “votos” de radioescuchas (el más famoso es el de CX8).

Mediante estos sistemas las empresas grabadoras tienen una idea de las preferencias de la juventud que ratifican, en casi todos los casos, en las cifras de ventas de las casas de discos (otro de los índices de popularidad).

El responsable: Rubén Castillo.

En los EE. UU. hay, todavía, otro sistema no implantado con esa intensidad en nuestro país: el cómputo de los “juke-box”. Un registro especial marca las monedas que se echan por determinado disco en esas máquinas, en las que están siempre las últimas novedades. Ajena a las directivas de los discjockeys y a los intereses de las empresas, esos son los auténticos índices de las preferencias populares.

Los escépticos podrán observar el fenómeno de la “discomanía” con la misma indiferencia que abrigan por los programas de discos promovidos, pero los aficionados a la sicología social de nuestro medio, aún cuando hagan suya la observación de que “pasados los veinte es difícil ser “twistero” o “rockandrollero”, no pueden dejar de alarmarse al comprobar la proliferación de “clubes” de “amigos” del ritmo o el cantor X, las “barritas” de “teenagers” que recorren las radioemisoras, o hechos particulares como el que contaba, ajeno a sus consecuencias, un discjockey: “En cierta ocasión recibí una carta llena de faltas de ortografía de la esposa de un chacarero de la zona de San Ramón. Me pedía por favor si podía cambiar la hora de trasmisión de mi programa de “twist”. Seguir trasmitiéndolo a las diez y media de la mañana suponía llevarlos a la ruina. Su marido dejaba de trabajar todos los días un rato antes y se caminaba varias cuadras de campo hasta las casas para poder oírlo. Después, ya era tarde para volver al trabajo.”


Fuente:

Gaceta de la Universidad Nº 27
Fecha de publicación : ago-1963
URI : http://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/36281
Aparece en las colecciones: Gaceta de la Universidad (1957-1973)

Facultad de Información y Comunicación – Instituto de Comunicación | Seminario de Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación | anaforas@fic.edu. (Visto en 26 de julio de 2018).


Ver también:

1960. Los disc-jockeys de la radio montevideana. (En este blog).

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