“Autobiografía de un altavoz”. (“Ondas”, España, 1935).

Soy hijo de la tierra y del aire.

Tengo carne de acero y sangre de viento.

Por la línea paterna, mis sentidos tienen su raíz en la tierra; y, por la materna, mis nervios empiezan a vibrar en la piel de la rosa eléctrica.

No sé la distancia que hay entre mi garganta y las cuerdas de mi voz. Desconozco el perfil del cauce del río del sonido y también ignoro el origen del pulso de mis pulmones.

Adivino, en un alarde de imaginación, el norte de mi voz, pero al intentar localizar su estrella me desoriento.

He sentido clavarse en mi pecho los cuatro puntos cardinales de la voz para luego abrirse mis heridas en torrentes de palabras.

He visto nacer en mi garganta los sonidos más desconocidos y morir los ecos más distantes. He tenido dentro de mí los misterios de la música de los cisnes que tienen perfil de castillo y la extraña calentura de esa otra música negra, ágil y fuerte como un suspiro de Africa.

He soñado en voz alta con los países más ocultos y he viajado por ellos en el tren o en el barco de la voz del espíquer.

He tenido muy cerca a la Muerte en las plazas de toros cuando el micrófono estaba colocado encima del corazón de los toreros y la he visto trazar la linea que separa los campos de guerra.

Y contra mi cuerpo se han estrellado las palabras, las voces y las músicas de toda la tierra para emprender, por segunda vez, multiplicándose el camino de Ia distancia desconocida.

Desde el hombre amarillo como el sol que se refleja eu las murallas más antiguas hasta el que es oscuro igual que el pensamiento de la pantera de sus selvas; y desde el hombre que ignora el mar porque se lo ocultan tus montañas al que no sabe que las mesetas son grises porque cree que todo es blanco como la espuma de las olas, todos han sentido a través de mi la alegría del sonido lejano.

Somos muchos hermanos: unos, al nacer eligieron, creo que voluntariamente, la vida bohemia, y se marcharon a las barracas de feria, a ser un grito más entre los gritos de colores del percal y el tambor, a recorrer el mundo con su voz.

Otros, descansan en los salones quietos y sueñan con la mano que, al acariciarlos, hace vibrar sus nervios; con esa mano que sólo se acuerda de ellos cuando van a decir versos o a transmitir la música azul de los ríos austríacos.

Muchos de mis hermanos, al separarse, se distanciaron políticamente, y ahora gastan su vida en las horas eternas de un mitín: uno, es voz y toque de atención de la fuerza pública; otro, palabra y aplauso gubernamental.

Algunos de ellos tienen que sostener la dura competencia en el ruedo del aire al lidiar, en un mano a mano sensacional, con cualquier pianola el toro de la canción de moda.

Muchos de mis hermanos han muerto, manos inexpertas cambiaron el rumbo de su sangre al equivocar las venas que los unía al corazón de la tierra y al pulmón del aire, y reposan, calcinadas sus piezas, en el cementerio que es un escaparate de objetos de ocasión.

Y por último, yo, que de todos he sido el que tuve peor suerte; hoy, para poder vivir, tengo que escribir mis memorias.

ALVARO ARAUZ


Fuente

  • Revista “Ondas”, Madrid, España, 2 de noviembre de 1935.
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